Alberto Cañas

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Sábado 14 Diciembre, 2013

Chisporroteos

El fallecimiento de Haydée de Lev es sin duda alguna, una pérdida de enormes dimensiones para la cultura y el arte costarricenses.
En la que todavía algunos llamamos la época de oro de nuestro teatro, Haydée lució con brillo propio y enorme en el conjunto de notables intérpretes que tuvo nuestro teatro.  Y no sólo por su enorme talento artístico sino también por su capacidad de decisión, por su audacia, por su disposición de enfrentar los retos más difíciles si aflojar ni pestañear.
No se puede hablar de ella, no puedo hacerlo yo, sin recordar su hazaña en septiembre de 1971, cuando se conmemoraba en San José el sesquicentenario de nuestra independencia y entre las muchas celebraciones centroamericanas de esos días en San José figuraba un festival de teatros universitarios a dos niveles: estudiantil y profesional.
La participación de la Universidad de Costa Rica en el festival profesional la constituía una pieza de que soy autor, y a fe mía que fue seleccionada para ello por la única razón de ser la única obra teatral “grande” de autor costarricense que existía.
La preparación de La Segua por cuenta de Lenin Garrido como director (Lenin Garrido y no yo, como ha dicho La Nación en estos días ignorando que jamás me he metido a director,  y se ha negado a rectificar), había costado ¢32.000, que era entonces mucha plata, y ya estaba lista para inaugurar el festival. El ensayo general se convocó para el sábado víspera de la inauguración del festival con la obra costarricense, y durante ese ensayo, la notable actriz protagónica, Kitico Moreno sufrió  un accidente de resultas del cual se quebró un pie.
Todos los que algo teníamos que ver con el asunto comenzamos a deliberar. Y recuerdo bien la insistencia de Carlos Catania de que había que cancelar la producción. Pero yo, que siempre he creído, como Shakespeare que “the show must go on”, me opuse a cancelar. Y pedí que se me diera la oportunidad de hablar con otra actriz. Yo sabía quien.
Me constituí con Sergio Ramírez esa misma tarde en casa de Haydée de Lev y le dije: Aquí le traigo una obra que espero le interese y que usted esté dispuesta a estrenarla dentro de una semana. Le brillaron lo ojos a la insigne actriz. Y dijo: Acepto... pero déme la oportunidad de leerla.
Una semana después, el ensayo general se repitió, con la nueva actriz. Los que habíamos aplaudido de pie a Kitico, nos pusimos otra vez de pie para aclamar la hazaña de Haydée de Lev, hazaña que no tenía precedentes en el teatro costarricense, ni ha tenido imitadores.
Al día siguiente, domingo, se clausuraba el festival y se estrenó La Segua.  Y un jurado internacional integrado por un crítico, un actor mexicano y un director panameño que dirigía en Broadway, le otorgó al espectáculo costarricense tres premios: mejor obra, mejor director y mejor actriz.
Esa era Haydée de Lev. A cuanto he dicho, a su enorme talento y a su inconmensurable profesionalismo, hay que agregar su encanto personal su simpatía sin límites, la seguridad con que entraba al escenario y salía de él, convirtiendo, como convertía, cada papel que representaba en una hazaña personal.
Medito sobre la pérdida que para Costa Rica significa su fallecimiento, y llego a la conclusión de que para mí esto es una pérdida personal. La pérdida de una relación de amistad como no es posible concebir muchas, la pérdida de una persona con quien yo podía discutir, por ejemplo, una obra que estaba escribiendo,  dedicarle alguna que había escrito, seguro siempre de que habría de encontrar en esa mujer una comprensión sin límites y un entusiasmo contagioso que no era el autor quien se lo contagiaba a ella sino ella quien se lo contagiaba al autor.
En poco más de un mes, la comunidad cultural judía ha perdido a dos representantes de gran calidad: el escritor Samuel Rovinski y esta actriz milagrosa que fue Haydée. Esto, naturalmente, enluta a esa comunidad. Pero también enluta al país. Fueron ellos dos grandes representantes de la cultura costarricense, y dos miembros distinguidísimos de nuestro mundo nacional.
Su desaparición disminuye ese mundo. Concretamente la desaparición de Haydée de Lev, le causa una lesión enorme a nuestro mundo teatral, al que ella le dio prestigio, y categoría a cambio de aplausos irreprimibles, unánimes y entusiastas. Ella ha desaparecido pero los aplausos que acostumbraban recibir sus actuaciones, todavía podemos oírlos.

Alberto F. Cañas