Alberto Cañas

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Miércoles 17 Julio, 2013

Descanse en paz ese gran boxeador amante de la gran música (Tuzo Portuguez). Que los costarricenses no lo olvidemos por sus méritos y virtudes de deportista, de ciudadano y de persona


Chisporroteos

El deporte suele ser una actividad desmemoriada, que ha terminado por absorber la concepción futbolística de que las cosas solamente duran ocho días y lo del domingo antepasado se convierte en historia antigua.
Así se explica el curioso silencio que ha rodeado la muerte del boxeador Tuzo Portuguez, sin duda alguna el deportista costarricense que más ha brillado en el mundo y mayores alturas alcanzó en su fulgurante carrera.
De eso hace más de cinco décadas. El autor de estas líneas era joven y siguió con entusiasmo la carrera de aquel muchacho que hacía estragos en el Madison Square Garden de Nueva York y que, aunque nunca logró alcanzar el título mundial que persiguió, tiene su nombre inscrito en el Salón de la Fama del Consejo Mundial de Boxeo.
Sí. Han pasado más de cincuenta años desde que el nombre de Tuzo Portuguez nos emocionaba y sacudía. Pero ese nombre es grande, enorme, en los anales del deporte costarricense, y su prestigio personal de hombre y de ciudadano acompañó a Tuzo a lo largo de toda su larga vida.
Me tocó conocerlo personalmente cuando ya se había retirado de la actividad deportiva. Un buen día, la directora del Teatro Nacional Graciela Moreno nos llamó a los miembros de la Junta Directiva del teatro para señalar el hecho que la sorprendía muy positivamente, de que nuestro excampeón de boxeo Tuzo Portuguez era un asiduo concurrente a los conciertos del teatro, y para pedirnos que acordáramos darle una tarjeta de entrada con asiento fijo a todas las actividades del Teatro Nacional. La Directiva asintió por unanimidad, y fue el día que recibió su entrada permanente a butaca, que tuve el gusto y el honor de conocerle y estrechar su mano.
Era un fanático aficionado a la gran música. Se cuenta de él que ponía discos de música clásica a todo volumen en su casa, y abría de par en par las ventanas para que los vecinos compartieran su afición.
No hay que subrayar aquí que no es frecuente la afición por la buena música y los buenos espectáculos en general entre la gente dedicada al deporte, o superaficionada a él. El hecho es que los días de función en el Teatro Nacional, en los intermedios, Tuzo Portuguez estaba rodeado de gente que quería conocerlo y saludarlo. Este columnista y su esposa entre ellos.
Descanse en paz ese gran boxeador amante de la gran música. Que los costarricenses no lo olvidemos por sus méritos y virtudes de deportista, de ciudadano y de persona.

Alberto F. Cañas