Alberto Cañas

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Sábado 23 Octubre, 2010


Chisporroteos

Hay un empeño, cuyo protagonista más visible es esa cosa que se hace llamar Partido Liberación Nacional, en hacer de Costa Rica un país capitalista. Un país capitalista es un país donde los dueños del dinero mandan y gobiernan.
Como en Costa Rica no hay suficiente dinero (una de las razones por las cuales la Junta de Gobierno del 48 creó el ICE como institución gubernamental), los adictos al capitalismo le dan la bienvenida a todo capital extranjero que venga (así venga a lavarse), sin pensar que puede llegar un momento en que el capital extranjero nos gobierne. Ha habido ejemplos de esto en nuestros alrededores.
Cabe recordar aquí, por si acaso, que en las encuestas que hizo La Nación en 1999 sobre los costarricenses más importantes del siglo XX, los tres que aparecieron encabezando la lista fueron don José Figueres, don Ricardo Jiménez y don Alfredo González. Ninguno de ellos fue pro-capitalista, lo que no significó que fueran adversarios de la empresa privada. Los tres prefirieron que las grandes empresas fueran nacionales, eso sí. Nacional aunque sea pública, es el lema. Privada aunque sea extranjera, es el lema actual predominante, cuyos abanderados son claramente don Oscar Arias y ese galerón que todavía se hace llamar Partido Liberación Nacional. Observen ustedes en lo que han convertido el INVU y el Consejo de Producción.
La ley de concesiones es uno de los triunfos más rotundos de los pro-capitalistas, porque se propuso (y lo ha logrado), liquidar el Ministerio de Obras Públicas, que fue el encargado de realizar y construir las obras más importantes y costosas del país, como carreteras, edificios públicos, escuelas, aeropuertos, puentes, ferrocarriles, cañerías, en general todo lo que durante décadas vimos y disfrutamos.
El primer resultado de la maldita ley de concesiones fue la lentitud. Un rato largo para redactar el cartel (¿a satisfacción de un postulante determinado? No se sabe); otro rato largo para adjudicar la obra. Luego (imprevisible al principio) un tercer rato largo para tramitar apelaciones, y un cuarto rato largo para que el concesionario afortunado se financiara (a veces, horror de horrores, en nuestros propios bancos). En los gloriosos tiempos pasados, durante todo ese tiempo ya la obra estaba a medio construir.
El segundo, es que el Ministerio de Obras Públicas (no sé por qué todavía lo llaman así), al irse desmantelando y herrumbrando, dejó de contar dentro de su personal con los individuos calificados para observar y cuidar que la empresa constructora cumpliera conforme iba trabajando (el aeropuerto Juan Santamaría es un buen ejemplo). Y se reservaron como en el caso de la carretera a Caldera, el ocuparse del asunto cuando la obra fuera inaugurada con placa y todo. Lo que ha ocurrido allí es ejemplar, y podemos estar seguros de que seguirá sucediendo con cuanta concesión se otorgue con la bendita y maldita ley respectiva.
Importarle competidores a esa gloria nacional que es el ICE, lo mismo que al INS (cuya atención a los trabajadores accidentados puede verse disminuida, ojalá que no), son los primeros triunfos del empeño de convertir a Costa Rica en un país capitalista de capital extranjero. Si esto sigue, si no nos ponemos de pie y paramos esa cosa haciendo uso de nuestro dedo pulgar, ¿dónde terminaremos?
El desarrollo (Chile lo acaba de demostrar) no es la construcción de rascacielos, sino otra cosa. Por ejemplo, que no se demore 19 meses la construcción de casas para los habitantes de Cinchona… que pronto usarán como argumento para lamentar que la construcción de esas casas no se le hubiese encargado a una compañía extranjera.

Alberto F. Cañas
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