Alberto Cañas

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Miércoles 20 Octubre, 2010


Chisporroteos


El fallecimiento de Longino Soto, con todo lo que significa de pérdida irreparable para la medicina, la ciencia y la seguridad social de Costa Rica, para este columnista tiene otro significado, un significado pequeño pero intenso, entrañable y profundo.
Longino fue parte muy importante de mi primera infancia. Vivíamos en la calle 4, a tres casas de distancia y sobre la misma acera. Y como yo no tenía un hermano varón con quien jugar, me instalé desde muy temprano en la casa del violinista don Longino Soto (amigo de mi madre que lo había acompañado una vez al piano en el Teatro Nacional), donde encontré dos compañeros de juego muy a mano: José María (creo que de mi misma edad, y que lamentablemente falleció hace algunos años), y Longino unos años menor. No omito a la encantadora Ginette, bella desde párvula. Esos eran entonces todos los Soto-Pacheco. Y la dulce madre de ellos, doña Carmen, presidiéndolo todo.
Jugábamos de cuanta cosa se nos ocurría. Y como en el vecindario había otros carajillos (mayores que nosotros, claro), a veces salíamos a jugar en la calle Cuartel Inglés, Turco Turco la Gran Turquía, y otras cosas similares. Siempre (en algún cuento lo he narrado) bajo la vigilancia cariñosa del negro Amos, el chofer del Dr. Soto, hermano del ex-presidente don Bernardo, abuelo de los Soto Pacheco y vecino nuestro también.
Eso se acabó cuando, teniendo yo nueve años, nos trasladamos de casa y, sin salir del barrio, fuimos a dar a dos cuadras de los Soto Pacheco. A esa edad tal distancia es larga. Pero el recuerdo de la primera infancia nos mantuvo amigos, nos mantuvo en confianza, nos mantuvo encariñados. Hasta esta semana, cuando Longino digo yo que decidió irse, y lo digo porque un médico de su calibre estaba obligado a prolongar su vida hasta que Dios se aburriera. La última vez que nos vimos fue el año pasado, en mi casa. He olvidado por qué me visitó, pero no lo que nos divertimos evocando y hablando de todo lo divino y lo humano.
Me cuentan que la estupenda puesta de la comedia El Vesti-dor cerró, como correspondía, a teatro lleno. Es una lástima que las actuales organizaciones del Ministerio de Cultura, del Servicio Civil y de otras instituciones, hagan imposible según me informan, que un éxito artístico como éste se prolongue indefinidamente, mientras tenga público, y no emprenda luego una gira por todo el país. Estudien en el Ministerio cómo nos las arreglábamos antaño para que las cosas ocurrieran como he dicho, (ya a mi se me olvidó cómo hacíamos) y tal vez podamos volver a tener teatro del bueno en todo el territorio nacional.
Otro motivo de optimismo. Para celebrar su septuagésimo aniversario (yo sostengo que es el sexagésimo octavo, pero no importa), la Orquesta Sinfónica Nacional ha anunciado para el último fin de semana de octubre un concierto especial (viernes 29 con repetición matinal el domingo 31) con participación de la joven pianista Daniela Rodó y ejecución de la Novena Sinfonía de Beethoven. Ayer martes pasé a adquirir localidades, y me encontré con la grata sorpresa de que están prácticamente (pero no del todo) agotadas.

Alberto F. Cañas
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