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Viernes, 23 de agosto de 2019



COLUMNISTAS


Chisporroteos

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 29 septiembre, 2010



Chisporroteos


Coincido plenamente con Andrés Sáenz, en el comentario entusiasta que ha hecho de la presentación que en el nuevo y hermoso Teatro de la Aduana se ha hecho de El Vestidor, obra del sudafricano Ronald Harwood que fue un éxito total en Londres y Nueva York, e incluso vimos aquí en una versión cinematográfica en 1984, muy inferior por cierto (la he visto en estos días) al montaje que tenemos ahora en San José. Es una pieza de calidad aunque no una obra maestra, pero si se hace bien es un espectáculo satisfactorio: y el director uruguayo Roberto Fontana (ojalá se quede entre nosotros todo el tiempo que se pueda) no sólo la ha montado respetuosamente, con gran sentido de lo teatral y de lo espectacular, sino que la puso en manos de un elenco de calidad que, encabezado por Leonardo Perucci (en la más notable actuación que haya este columnista visto aquí en muchos años) y Rodrigo Durán Bunster en los dos papeles estelares y complicados.
Veo en el reparto a María Orozco y Bernardo Barquero, a quienes debo que hayan contribuido en el pasado al éxito de dos piezas mías, y señalo la forma en que Arabella Salaverry le ha sacado partido a un personaje que no ofrece mucho.
En fin, que hace rato no vemos teatro de tan alta calidad, y hay que agradecérselo al Ministerio de Cultura. No menciono a la Compañía Nacional de Teatro, porque no puede haber compañía sino una oficina. Gracias a todos, y, ustedes, lectores, no se pierdan este espectáculo.
Y ya que he coincidido tan plenamente con mi amigo Andrés Sáenz en esto, paso a disentir de él en ese empeño tenaz de que al gran compositor ruso le llamemos Chaikovsky como se llama en verdad, y no Tchaikovsky como lo llama el resto del mundo que emplea el mismo alfabeto que nosotros.
En el alfabeto ruso hay una letra específica para el sonido que nosotros y los angloparlantes escribimos Ch. De manera que cuando la cultura rusa inundó sorpresivamente Europa a mediados del siglo XIX, los europeos tuvieron que “traducir” los nombres rusos al alfabeto nuestro. Para reproducir el sonido ch, los alemanes le llamaron al gran compositor Tschaikovsky (tsch se pronuncia ch en alemán), y los franceses Tchaikovsky (tch se pronuncia ch en francés). Ignoro por qué los ingleses copiaron la grafía francesa, si el idioma inglés, como en español, no necesita la T, pero la copiaron. Y los españoles detrás.
Hago un paréntesis: los franceses siguen escribiendo Tchejov, y los españoles lo hicieron inicialmente, pero en nuestro idioma la T de Chejov desapareció, no la del compositor, acaso porque España no fue una participante muy importante en la vida musical del siglo XIX.
Absolutamente todos los países que emplean nuestro alfabeto le mantuvieron la T francesa a Tchaikovsky, y no va a ser don Andrés Sáenz, por más razón que tenga, quien se la quite. Aunque en el último programa de la Orquesta Sinfónica Nacional se la quitaron. ¿Para qué? ¿Para marchar contra corriente? Si Costa Rica va a ser el único país del mundo que escribe correctamente el nombre del compositor ¿qué va a pasar? Ningún tico encontrará el nombre Chaikovsky en una enciclopedia, en una historia de la música, libro sobre música, catálogo o venta de discos, ni en Internet. Y siendo don Piotr Ilyitch uno de los compositores más populares del mundo, los ticos que no estén en el secreto no van a encontrar nunca información sobre ese compositor con Ch de que se habla en Costa Rica. Esto es algo como aquellos señores que en el siglo XIX, en aras de lo que ellos pretendían ser perfección idiomática, querían convencer a los ticos de que habláramos de tú.
Vale la pena marchar contra corriente, cuando la corriente es perjudicial, pero cuando es mundial y no le hace daño a nadie es mejor marchar con la corriente, porque la corriente es mundial y todos los países civilizados se han sumado a ella sin cuestionarse si el apellido Tchaikovsky (cuya T no pronuncia nadie que se sepa) responde puntualmente a la ortografía original rusa. No peque de excentricidad la Orquesta Sinfónica Nacional. Por más purista y correcta que sea la excentricidad.

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