Alberto Cañas

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Miércoles 21 Julio, 2010


CHISPORROTEOS

Hace días he estado con ganas de expresar el alivio que sentí al leer una explicación sobre un asunto que me preocupaba, que me dejó totalmente contento.
Es la afirmación que hizo un alto funcionario deportivo que, al contestar las dudas que se formulan sobre quienes van a jugar en el estadio chino pues ni Saprissa ni la Liga por citar dos, van a abandonar sus estadios propios, manifestó que lo van a utilizar los ajedrecistas y los esgrimistas.
Verdadero alivio porque, como es público y notorio, no hay un lugar en Costa Rica donde se pueda jugar ajedrez, y el estadio chino va a resolver ese espantoso problema que han enfrentado los ajedrecistas, de no tener donde jugar pues ya se sabe que el ajedrez requiere de amplios espacios y facilidades que otros deportes no necesitan.
Además, porque comparto la alegría que deben estar sintiendo los 500.000 esgrimistas que hay en Costa Rica.
Mi estimado amigo don Juan José Echeverría Brealey se ha referido a comentarios que hice sobre la paralización que la multiplicidad de fracciones produce en la Asamblea Legislativa, recordando que cuando él fue diputado, en el período 1974-1978 había ocho fracciones, y la Asamblea funcionó porque el Presidente de la República Daniel Oduber logró entenderse con ellas, discutir con ellas, ponerlas de acuerdo y lograr resultados.
Lo que dice don Juan José es cierto. Pero el éxito de la Asamblea 74-78 hay que atribuirlo, como lo atribuye él, a la habilidad política sin precedentes de Oduber. Porque solo con un Daniel Oduber en la Presidencia de la República pudo funcionar semejante Asamblea. Y como no podemos conseguir un talento político como el suyo cada cuatro años, mejor es que no sigamos prodigando minifracciones, porque sin un talento así en la Casa Presidencial, el fraccionamiento simplemente no funciona.
Se ha armado una discusión sobre las reformas que el Ministerio de Educación ha introducido a la lista de libros que los colegiales han de leer. Me alegró mucho que eliminaran María y Marianela, novelitas sentimentales con calidad literaria, pero que en manera alguna dicen algo a las actuales generaciones. Me habría gustado que dentro de la línea de buscar lecturas para colegialas adolescentes, hubiesen incluido la bellísima Corazón Joven de nuestro Rafael Angel Troyo, e incluso la muy ingenua pero llena de encanto El Erizo de Carlos Gagini, autor de quien debieron incluir La Caída del Aguila, curiosa novela de anticipación con algo de ficción científica y de anti-imperialismo, que captura a cualquier muchacho.
Por cierto que en vez de incluir Drácula, que no pasa de ser un bestseller con cierta calidad, debieron acordarse de Julio Verne. Y, por supuesto, leer previamente Alicia en el País de las Maravillas, para comprender que es un libro para adultos disfrazado de cuento infantil, y que solo un lector maduro lo entiende y disfruta de verdad. Un olvidado libro argentino: Alegre, del olvidado Hugo Wast, podría interesar todavía a los alumnos de séptimo y octavo.
Mucha literatura inglesa (los ingleses han sido los especialistas en escribir para adolescentes), pero se les olvidó cruzar el Atlántico e incluir la maravillosa Huckleberry Finn de Mark Twain. Y un poco más de literatura escrita en castellano. Eliminada Marianela, ¿por qué no pensaron en esa maravillosa broma que es El Sombrero de Tres Picos, de Alarcón y en esa estupenda pieza anónima del siglo XV pero de fácil lectura que es El Lazarillo de Tormes? ¿Por qué no los cuentos de Leopoldo Alas? Eliminaron La Vorágine, ¿por que no la sustituyeron con Cantaclaro? Esta novela de Rómulo Gallegos es incluso superior a la que eliminaron.

Alberto F. Cañas
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