Alberto Cañas

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Sábado 3 Julio, 2010


CHISPORROTEOS


En estos días, la prensa no informó cuándo se tomó la decisión y no sé si fue la Asamblea anterior o la actual la que tomó el acuerdo, pero me huele a la anterior, fue por fin colocado legalmente el retrato de Federico Tinoco en la galería de Presidentes de la República.
Algunas gentes y periodistas creen que yo tengo algún interés personal o no sé de qué orden en que ese señor figure o no figure en la galería. Me importa un comino.
En 1994, siendo presidente de la Asamblea Legislativa, me lo encontré colgado allí. Sabía muy bien que alguna vez en la década del 20 y otra durante la administración Echandi (en esta última por 44 bolas negras contra 1 blanca), la proposición de colocar ese retrato había sido rechazada. Investigué y encontré que el retrato estaba allí por decisión personal de Miguel Angel Rodríguez que, siendo presidente de la Asamblea decidió por sí y ante sí colocarlo. “Reinsta-larlo”, dijo, pero no se puede reinstalar lo que nunca ha sido instalado.
Mi única razón fue legal. No política. Hay más de uno al que si las razones políticas contaran yo habría contribuido a descolgarlo, pero no es así.
Lo que sucede realmente en el terreno político es que no se sabe a estas alturas si Tinoco está considerado como presidente o no. Y lo digo porque una ley de 1920, la ley de nulidades, derogó y anuló y declaró inexistentes todos los actos de los poderes ejecutivo y legislativo realizados entre el día en que Tinoco dio su cuartelazo y el día en que tomó un tren, luego un barco y se fue a vivir a París.
Mi opinión personal es que esa ley, al anular y declarar insubsistente todo lo que hizo, anuló su presidencia y por lo tanto, esa ley lo que dice a la larga es que el país no lo reconoce como Presidente de la República. Eso es todo.
De paso, obsérvese que, anuladas todas las disposiciones que la administración Tinoco tomó durante los 30 meses que estuvo encaramada, el país no resintió ni tuvo que rectificar nada. La dichosa ley, la verdad es que lo que se demostró es que ninguna de las leyes, decretos y acuerdos de esa administración valía una peseta ni servía para nada.
Ahora, cuando los maestros lleven a los niños a visitar la galería, no podrán decirles (como nos dijo mi maestro Luis Moiso de IV grado cuando nos llevó a conocerla: “Aquí están los grandes presidentes, los que algo bueno hicieron para el país. Tenemos que alegrarnos de que sean tantos”.
Se ha dicho por ahí que nada tiene que ese señor esté ahí, cuando hay muchos que llegaron por cuartelazo. Me parece que los que están ahí no lo deben a la manera que tuvieron de llegar sino a la forma en que gobernaron. Por sus frutos los hemos conocido: Carrillo, Montealegre, Guardia, están allí por su obra no por su manera de llegar al gobierno.
En fin, la Asamblea es soberana. El sentido moral y ético, edificante y de buen ejemplo con que la galería se fundó y ha vivido, se perdió.
Eso es todo.

Alberto F. Cañas