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Sábado, 23 de marzo de 2019



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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Sábado 12 junio, 2010



CHISPORROTEOS

Una herencia que me dejó mi esposa fue la de costear los estudios de una niña a quien ella tomó bajo su protección desde que entró a primer grado.
Hoy esa niña estudia en el Instituto Nacional de Aprendizaje, donde se prepara para terminar una carrera de manicurista. En esta casa le hemos venido pagando las matrículas y ciertos gastos adicionales bastante razonables, pero me viene a contar que para el último bimestre o trimestre (no lo tengo claro ni hace falta), al borde de la graduación, necesita comprar ciertos materiales cuyo costo es altísimo.
Esos materiales los vende el propio INA, y no los fía, ni los vende a plazos, ni acepta que la estudiante los compre conforme los vaya necesitando. Tiene que comprarlos de una vez y pagarlos al contado, y el precio es de seis cifras. Esto me lo confirmó telefónicamente uno de los profesores de la muchacha, que de paso la calificó de estudiante ejemplar. Y lamentablemente este servidor de ustedes no está en capacidad de hacer semejante gasto de una sola vez. Por supuesto, la pobrísima familia de ella mucho menos.
El INA no es solo la institución pública más rica de este país, sino también una de las más importantes, de las más trascendentales, y de las más originales. Recuerdo haber escuchado al ex-presidente José María Figueres decir: “A INTEL no la traje yo. A INTEL la trajeron el Tecnológico y el INA. Yo me limité a mostrárselos”.
Pero si el INA resulta para un estudiante pobre tan inaccesible como un colegio privado, va a terminar por servirle de poco al país, porque está ahuyentando, por lo menos de ciertas carreras e ignoro si de otras, a los estudiantes que no puedan comprar al contado los materiales que el propio INA vende.
Al INA no le han dado importancia los gobiernos. Tuvo un período de florecimiento cuando lo dirigió Danilo Jiménez, y me tiene muy satisfecho y esperanzado el nombramiento que doña Laura ha hecho allí de quien fungía con brillo como rector de la Universidad Nacional, de quien cabe esperar una dirección brillante para esa institución ejemplar que ideó Alfonso Carro durante la memorable administración Orlich, y que es una de las instituciones de que Costa Rica puede sentirse orgullosa.
Pero si la deforman y la encarecen, si deja de ser la oportunidad que el país ofrece a los estudiantes pobres que no alcanzaron el bachillerato, vamos a tener que procurar que en ese campo de las artes y oficios, hagamos lo que nuestros gobiernos recientes lograron en materia de carreteras: que para ir a la costa del Pacífico haya una carretera para los ricos y otra para los pobres. Pues señores, apresurémonos a fundar un nuevo INA para los pobres.

Alberto F. Cañas
[email protected]


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