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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 09 junio, 2010



CHISPORROTEOS


Por razones de orden general soy enemigo de los plebiscitos. La democracia es un sistema que permite al pueblo escoger sus gobernantes. Pero pretender que tome decisiones, muchas veces técnicas, que están reservadas a las personas que fueron elegidas para ese propósito, es peligroso. Cuando en Costa Rica se incluyó el plebiscito dentro de la legislación, me opuse con las armas periodísticas que poseo pero de allí no pasé. Y que el plebiscito exista, lo atribuyo a la baja calidad intelectual y cultural de los diputados que se han dedicado a escoger los partidos tradicionales. Tengo la convicción de que un plebiscito, en el 99% de los casos, lo gana la causa que disponga de más dinero El plebiscito sobre el TLC lo demostró: ciertos patronos extranjeros les dijeron a sus empleados el viernes (lo tengo constatado por conversaciones con afectados: “Vengan el lunes, a trabajar si gana el sí, por sus prestaciones si gana el no”. El inmortal memorandum Casas-Sánchez en plena aplicación.
En una elección el pueblo vota por personas. Puede verlas, escucharlas y generalmente vota, no lo ocultemos, por el candidato que le resulte personalmente más atractivo. (El reinado de la imagen, en los últimos tiempos) Pero poner a todos los ciudadanos a resolver sobre un problema grave o complicado me parece suicida.
Se informa cada día sobre el número de firmas que se va recogiendo para plebiscitar los deseos de la comunidad gay, de que se legalicen sus uniones digamos matrimoniales y otros extremos. El problema es serio; se juegan problemas y prejuicios religiosos, históricos, científicos, y todo responde a una apertura de los últimas décadas, en la que la humanidad poco a poco ha ido comprendiendo que los seres de orientación homosexual no son monstruos, ni delincuentes, ni degenerados.
Todavía hace más o menos medio siglo, la sociedad costarricense los repudiaba al extremo de que incluso eran despedidos de su trabajo (conocí un caso concreto) y se les trataba como una especie de subhumanos. Poco a poco esa repulsión de siglos ha ido cediendo y creo que ya en Costa Rica hemos aprendido a tratarlos (tanto a varones como a mujeres) como seres humanos, y como hermanos nuestros con todos los derechos, incluido el derecho a la amistad y el aprecio que cada quien merece.
He leído con interés lo que ahora pretenden, y lo veo muy difícil tal y como lo pretenden. Pero me parece que lo que desean puede conseguirse mediante medios menos directos. Y apelo a medios indirectos porque el prejuicio, aunque disminuido, existe todavía.
Cuando estuve en la Directiva de la Caja de Seguro Social, pude enterarme de que en Panamá habían logrado algo que aquí no teníamos: que cuando fallecía un pensionado, la pensión no se traspasaba solamente al cónyuge supérstite sino que era acreedora a ella la hija que había quedado soltera y convivió con su padre.
Bien, nuestros diputados podrían estudiar la posibilidad de que, sin necesidad de ley específica para las parejas unisexuales, la pensión pueda heredarla la persona, pariente o no, que convivió con el difunto y lo atendió durante determinado lapso. Lo de que puedan heredarlo no necesita ley pues basta con que la persona haga testamento.
Una ley sencilla, que amplíe el número de personas que pueden heredar una pensión, y les dé ciertos derechos que hoy solo tiene el cónyuge legal. Me he puesto a pensar en qué situación están hoy las parejas hombre-mujer de hecho, que no se han casado y conste que cada día son más. La ley que se me ha ocurrido habría de favorecerlas también.
Pero tenga el lector la seguridad de que el plebiscito de que se haba lo gana el no en una proporción casi de 9 a 1, haciendo imposible una legislación posterior. Hay otros medios, como dejo dicho. Sigo pensando que los plebiscitos no me gustan, y siempre favorecerán al grupo que con más dinero cuente.

Alberto F. Cañas
[email protected]

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