Alberto Cañas

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Domingo 18 Abril, 2010


CHISPORROTEOS


Hace días tengo ganas de sugerirle al Instituto Costarricense de Turismo (no al Consejo de Gobierno que a veces se confunde con él), una frase propagandística para atraer más turistas a Costa Rica. Como responde no sólo a una necesidad sino también a una realidad, aquí la consigno: “Visite Costa Rica… y hágalo pronto porque se nos acaba”.
Ha sido interesantísimo el debate que se ha suscitado en torno a la entrada de autoridades a la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio en persecución de un fugitivo, porque es la primea vez que se plantean algunos detalles en torno a lo que, con el nombre de autonomía, ha pasado a ser la “intocabilidad” de las instalaciones universitarias.
Y es que, según han opinado ciertos juristas de prestigio, la autonomía no se debe confundir con extra-territorialidad ni convierte los predios universitarios en territorio sui generis donde rigen ciertas leyes nacionales y otras no. Los incidentes que ocurrieron luego son otra cosa y, por lo que uno se entera, le queda la impresión de que las autoridades judiciales se propasaron al maltratar o agredir a los estudiantes que se oponían a su presencia dentro del campus.Ninguna de las dos condiciones que legalmente impiden el ingreso de las autoridades a un sitio determinado del territorio nacional se cumple en el caso de las universidades; no se trata de propiedad privada, ni de propiedad extraterritorial como lo es la que ocupa una embajada extranjera.
En todo caso, ojalá el debate sea fructífero y de él se obtengan buenas consecuencias
Otro debate que ahorita estalla, es si la Sala Cuarta puede pronunciarse sobre otra cosa que la constitucionalidad de las leyes. En estos días se han reproducido en la prensa decisiones de esa Sala en las que abiertamente recomienda la aprobación de una ley porque la reputa de conveniente. Y en lo que me atañe, recuerdo con claridad otra intromisión ilegal e inconstitucional de la Sala en la vida legislativa, el día que ordenó a la Asamblea que procediera a juramentar a un funcionario que había sido nombrado en circunstancias muy extrañas y para algunos diputados (como el autor de estas líneas) muy sospechosas.

Alberto F. Cañas
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