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Martes, 13 de noviembre de 2018



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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 03 marzo, 2010



CHISPORROTEOS


Dos sucesos se han producido en estos días, que dicen mucho sobre el descuido y desdén con que los costarricenses vemos nuestro patrimonio cultural.

El primero es la destrucción parcial de que ha sido objeto el Monumento al Agricultor, obra preciosa de nuestro gran escultor Paco Zúñiga, situada en el parque contiguo al Aeropuerto Internacional, que ha sufrido hasta mutilaciones. Me dicen que el Club de Leones de Alajuela se había hecho cargo de cuidarlo. Pero lo que me preocupa es pensar cómo haremos para cuidar nuestros monumentos, todos expuestos a la furia de los ignorantes, los irresponsables y esos que llamamos pachucos.

Entiendo que reparar los daños que el monumento ha sufrido, no es cosa difícil ni complicada. Lo que sí lo es, es la forma en que vamos a seguir cuidando los monumentos (recordemos que el Monumento Nacional fue escalado irresponsablemente nada menos que por un diputado que a pesar de ese acto de pachuquismo ha sido vuelto a elegir, cuando la sociedad debió censurarlo por irrespetuoso e irresponsable. Yo habría retirado la escalera y lo habría dejado en lo alto del monumento unos cuantos días y sin darle de comer).

El Monumento al Agricultor es una de las pocas obras de Zúñiga que tenemos. El Monumento a la Madre en la Maternidad Carit (a la que sigo llamando así por su nombre centenario pese a que periódicamente le cambian de nombre) y la estatua del Dr. Calderón Guardia en la explanada al sur de la Caja Costarricense de Seguro Social son las otras. Zúñiga se fue de Costa Rica por lo mal que el país lo trató. Ganó el premio en el concurso para elevar un Monumento a la Madre, y la protesta de los ignorantes fue tan grande, que ni siquiera le pagaron el premio. Ahora, ignaros de nuevo estilo lo hacen víctima de la mutilación de la obra suya más valiosa que tenemos. Me parece que quien debe acudir a salvarla y a protegerla es la Municipalidad de Alajuela, y ojalá dejen de pelear y se pongan de acuerdo respecto al monumental monumento de Zúñiga.

El otro suceso sorprendente es la aparición de dos medallones propiedad del Teatro Nacional, en la lista de objetos que serían rematados dentro del expediente de quiebra de cierto banco.

El señor Alvaro Batalla, de la Junta Directiva del Teatro Nacional se dio cuenta, y logró que los cuadros hayan sido devueltos al teatro, que los está exhibiendo. Pero no se dice por qué estaban donde estaban. Como costarricense me siento en el derecho y con la obligación de pedir que se haga público el nombre de la persona que dio en garantía a un banco unas obras de arte que evidentemente eran propiedad del Estado. Y además que esa persona explique como llegaron a su poder esas obras de arte. No para que se sienten responsabilidades legales (que pueden incluso estar prescritas en este país tan proclive a las prescripciones), sino para que la sociedad se entere de cómo, por qué y cuándo dos valiosas obras de arte propiedad de todos pasaron a manos privadas y fueron dadas en garantía a un banco.

Es muy extraño el silencio que se ha hecho sobre esto, porque a mi juicio es obvio que en el expediente de remate de esas obras, ha de figurar el nombre del deudor que las empeñó. La alcahuetería y el silencio han sido parte de nuestra vida pública. Pero desde que se levantaron las enaguas en los casos de Finlandia y del ICE, el silencio ya no existe, y no hay razón para que se vuelva a él en este caso de los medallones del Teatro Nacional. La ciudadanía honorable necesita conocer nombres.

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