Alberto Cañas

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Sábado 27 Febrero, 2010


CHISPORROTEOS


En esta época, cuando el arte cinematográfico parece haberse dedicado exclusivamente (al menos el que aquí llega) a trucos técnicos, dibujos, muñecos y muertes violentas, comedias baratas y sobre todo y ante todo, delincuencia, delincuencia y delincuencia, es agradable y puede que hasta esperanzador que de pronto nos haya aparecido una película seria, constructiva y al mismo tiempo poseedora de buen potencial de taquilla, que algo importante nos dice a los espectadores.

Ese “de pronto” nos vamos acostumbrando a que traiga la firma de Clint Eastwood, ex-vaquero del cine italiano barato que se ha convertido en uno de los creadores cinematográficos más inteligentes y esclarecidos del mundo, interesado en los seres humanos y no en los trucos.

Tenemos aquí la última película de Clint Eastwood. Tiene un título que no está en español ni en inglés sino en latín: Invictus, fácilmente traducible por cualquier espectador como Invicto, y que es el de un poema que el protagonista de la película acostumbra leer y recomendar.

El invicto de la película es Nelson Mandela, el libertador y constructor de la floreciente Sudáfrica actual que se está convirtiendo con rapidez en un ejemplo de convivencia inter racial por obra de ese hombre.

Clint Eastwood no se propuso aquí contarnos la vida de Nelson Mandela, sino un incidente de la época en que él gobernó su país, el primer gobernante negro que tuvo. Pero ese incidente (que como es deportivo atraerá muchísimo público justificadamente), lo define y lo dibuja como el notable discípulo de Gandhi que ha sido. Y no olvidemos que Gandhi, cuya juventud transcurrió en Sudáfrica, fue proclamado junto con Albert Einstein, uno de los dos hombre más grandes del siglo XX.

Explico el argumento de Invictus: durante el gobierno de Mandela, se escenificó en Sudáfrica un campeonato mundial de rugby. Y el campeón nacional, que representaría al país, era un equipo conocido y reconocido por sus antecedentes racistas y apartheidistas. Pero Mandela (contra el criterio de su gente más cercana) decidió que esa era una oportunidad de unir, y pidió, exigió y declaró que el país entero debía unirse detrás del equipo de malos antecedentes, que ahora era nacional y de todos.

Eso fue todo, pero Clint Eastwood y el actor Morgan Freeman (que de paso tiene un extraordinario parecido físico con Mandela), se encargan de convertir Invictus en un documento histórico político y social de primera magnitud, y de paso en una obra cinematográfica verdaderamente memorable.

Ignoro por qué esta grandiosa película no figura entre las candidatas al Oscar, aunque Morgan Freeman sí. En todo caso, no vacilo en recomendarla a mis lectores como una experiencia emocional profunda y de los acontecimientos culturales importantes de este año 2010.

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