Alberto Cañas

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Sábado 9 Enero, 2010


CHISPORROTEOS


Es costumbre establecida universalmente, el desear a los amigos y parientes, cuando se inicia un año, que ese año les traiga felicidad y prosperidad. Aunque sea un lugar común, y a pesar de que los lugares comunes, cuanto más comunes sean menor significado tienen, éste no lo ha perdido. La verdad es que todos, cuando se inicia un año, nos llenamos de buenos deseos, tanto para nosotros mismos como para ese ente olvidado del cual nunca hablan las actuales generaciones, que se llama el prójimo. Por eso, cuando inicio mi trabajo periodístico de este año deseando Feliz Año Nuevo, no limito el deseo a mis apreciados lectores, sino que lo extiendo a todos los habitantes de este bello y deteriorado país.

Estaba fuera de Costa Rica cuando me enteré de la muerte de don Alberto Martén, ese Benemérito de la Patria a quien la Patria le concedió el benemeritazgo en vida, como uno de los costarricenses verdaderamente excepcionales del siglo XX.

Su participación en la Junta Fundadora de la Segunda República en el 48, no ha sido bien justipreciada. Indudablemente, cuando terminó la Guerra Civil, Martén era, a los ojos de todos, la segunda figura del gobierno, y del movimiento mismo que había triunfado. Algunos se han preguntado qué sucedió con él, que a mediados del 49 renunció y se separó de la Junta.

Sobre esa renuncia se ha especulado mucho, pero ni él, ni don Pepe Figueres, ni don Chico Orlich (que le sucedió como la segunda figura del movimiento) dieron explicación alguna. En cierta ocasión, Daniel Oduber me comunicó la suya propia: Martén era la segunda figura del movimiento, pero no era un político, ni tenía afición por la política electoral. El futuro según lo veíamos todos, era que José Figueres sería el sucesor de Ulate en el 53. Pero el movimiento (todavía no se había fundado el PLN), necesitaba ir preparando desde entonces un eventual sucesor de Figueres si es que se iba a fundar un Partido con vocación de gobernar varias veces. Y Alberto Martén no iba a serlo, pues su personalidad era la de un intelectual académico, de un investigador, de un filósofo de la economía, y no era hombre para las plazas públicas, y por esa razón se hizo a un lado. La versión de Oduber es plausible, pero no explica por qué Martén no se incorporó al PLN cuando éste se fundó en 1951. ¿Es qué no se hizo sino que lo hicieron a un lado? Algo misterioso hay en todo esto, y no queda quien lo explique.

Hoy se le reconoce a Martén como su contribución más seria al progreso del país (aparte su labor de gobernante en 1948 y 1949), la creación del solidarismo, movimiento totalmente exitoso que él concibió y organizó. Y ahora, con motivo de su fallecimiento, se está hablando mucho de eso. Pero hay otra contribución de Alberto Martén que no se ha mencionado. Solamente a Alvaro Fernández Escalante le he oído hablar de ello. Y es lo que Martén publicó en los inicios de la década del 50 como Teoría Metafísica del Dinero.

El inefable periódico que era La Nación en aquel entonces, dedicado como estaba a proclamar la necesidad de volver políticamente a 1920, confió a uno de los personajes más analfabetos de ese entonces el escribir artículos burlándose de lo que llamaron en ese periódico “el dinero metafísico de Martén”, y burlándose también de su autor. Claro, Alberto Martén no sintió la necesidad de contestar los ataques que desde la más cruda ignorancia se hacían contra sus ideas y contra él. Ninguna persona seria discutió la Teoría Metafísica del Dinero.

Pero, según parece, la revista Reader's Digest publicó un resumen de las ideas de Martén, y pocos meses después apareció en los Estados Unidos la primera tarjeta de crédito: la de Diners Club. Y el dinero comenzó a hacerse metafísico.

Alguien con conocimiento de causa, debería estudiar esta secuencia, que indica la posibilidad de que la revolución que se ha operado en los últimos 50 años en relación con el dinero contante y sonante y el auge de las tarjetas de crédito, hayan podido originarse en un teoría de Alberto Martén. Dada la inteligencia y creatividad de este hombre, la suposición tiene visos de correcta.

No hay duda. Se trataba de uno de los costarricenses excepcionales del siglo XX.

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