Alberto Cañas

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Sábado 5 Diciembre, 2009


CHISPORROTEOS


He hablado aquí algunas veces de esa sensación (cada vez menos frecuente) que de alguna manera nos oprime cuando la prensa nos entera de que falleció otro de nuestros contemporáneos. La sensación clara y terminante de que cada vez somos menos.

Ahora me entero por una esquela de que falleció Armín Castro. Fuimos compañeros de clase en el Edificio Metálico a partir del tercero o cuarto grado y pocos años después volvimos a encontrarnos en la inolvidable y celebérrima Huelga de Amón de los años 30.

Amigo fiel y cordial siempre, la vida, como a todos, nos separó en el espacio. Cada uno en lo suyo, en su actividad propia, pero siempre, aunque de lejos, compartiendo recuerdos comunes y conversando largamente cada vez que nos encontrábamos. En estos últimos años fuimos vecinos y algunas veces, no todas las que yo hubiese querido, llegaba a mi casa donde departíamos largamente y no solo sobre recuerdos.

De la famosa huelga de Amón quedamos ahora solo dos: Ramón Herrero, amigo y ciudadano impagable, y este servidor de ustedes. Ambos, como ustedes, vamos por el mismo camino y con el mismo rumbo.

Hago un paréntesis: eso de llamar “huelga” al grupo de niños o de muchachos de determinado vecindario que juegan juntos, pasean juntos o hacen diabluras juntos, no sé si todavía funciona. Pero reflexiono sobre el punto y me parece que era un buen nombre para esos grupos e ignoro cuando y donde se inició, pues viene de un castizo verbo castellano: holgar (estar ocioso, no trabajar). De manera que vale tanto para los muchachos del barrio que se reúnen porque sí, como para los trabajadores que recurren a no trabajar para lograr beneficios laborales.

Pero cambié de tema. (Las manías lingüísticas que me señalan algunos.) Que en paz descanse, que en paz huelgue el viejo, inapreciable Armín de toda la vida. El recuerdo de las, digamos, hazañas en que anduvimos juntos desde los 10 u 11 años, me acompañará siempre, de manera que nunca lo olvidaré.

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