Alberto Cañas

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Miércoles 25 Noviembre, 2009


CHISPORROTEOS


Estoy completamente convencido de que si alguna vez la columna de Miguel Angel Agüero ha estado en lo cierto, fue cuando dijo en estos días que los buenos fallecen primero y los malos se van (o nos vamos) después.

Porque contemplo la cantidad de buenos de mi generación que se fueron, y cómo yo soy uno de los pocos que quedan.

En menudo lío se ha metido el Estado costarricense. Carece de Vicepresidente de la República: uno tuvo que renunciar y a la otra la enviaron a ser candidata. Cuando don Oscar no está (y se ausenta con frecuencia), el Presidente de la Asamblea Legislativa tiene que trasladarse unos días a Zapote (aunque para hacerlo no ha renunciado a su condición de Presidente de un partido político), y entonces, durante esos días, la Vicepresidenta de la Asamblea la preside. Pero en estos días, la Vicepresidenta de la Asamblea también anda viajando (pero no en avioneta sino en avión grande), y de paso está en entredicho y corriendo el riesgo de perder su curul. Si la Asamblea se reúne en estos días, ¿quién la presidirá?

Y todo esto porque don Oscar Arias ha emprendido un importantísimo, indispensable viaje a Turquía, país con el que nos unen tradicionales lazos de amistad profunda, culturales, de comercio, de alianza política de todo lo que ustedes quieran, y que se ha lamentado oficialmente de que en 188 años de vida independiente ningún mandatario costarricense haya puesto sus pies en tierra tan estrechamente amiga. Y ya se sabe que la primera obligación de quien ejerce la presidencia es viajar, y al actual Turquía le faltaba, lo cual era imperdonable, inconcebible, perjudicial no sólo para Costa Rica sino también (horror de horrores) para la propia Turquía, que esperaba con fruición y brazos abiertos la visita del notable consejero del Papa Benedicto.

Hay que construir un puente entre dos países hermanos y tan identificados el uno con el otro como Turquía y Costa Rica. Más importante, por supuesto que el que había que construir sobre el Tárcoles para comunicar dos poblaciones tan poco importantes como San Pablo de Turrubares y Orotina, que nadie osará comparar con Ankara y Estambul. Pero… ¿es que a alguien se le puede ocurrir compararlas? ¡Válgame Dios!

En todo caso, quién quita que a los turcos les dé como a los chinos por construirnos alguna obra indispensable, como otro Teatro Nacional, otra parroquia inconclusa en Cartago u otra estación para el Ferrocarril al Pacífico.


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