Alberto Cañas

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Sábado 31 Octubre, 2009


CHISPORROTEOS


I

Cuando se anunció la filmación de la película Gestación (incidentalmente: ¿no le pudieron encontrar un título peor que ese?), me llené de dudas: se iba a tocar un tema trillado, el de la maternidad juvenil, sobre el cual nada nuevo podría decirse y se corría el riesgo de hacer una película demagógica y cajonera. Los antecedentes del director Esteban Ramírez no me autorizaban a sufrir esa desconfianza, pero la confieso.

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Ya se estrenó la película. Ya la vi. Y debo declarar que mis temores no se justificaban. Ramírez y su co-guionista María Silva han construido una historia que partiendo de una base trillada, explora el tema en todas direcciones y nos da una visión bien apuntada de nuestra juventud actual, sus juicios y sus prejuicios, y de la sociedad en que le ha tocado vivir, pues los dos protagonistas provienen de estratos sociales distintos que la película, sin detenerse mucho en ellos, logra explorar con acierto.

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Aquí un paréntesis para hacerles a Gestación y a sus guionistas una crítica y una censura seria. Los muchachos costarricenses (y me consta porque, aunque no lo parezca, alguna vez fui muchacho), como la mayoría de los costarricenses no muchachos se expresa normalmente con un lenguaje cuya vulgaridad no conoce límites. Claro está que la gente siempre se ha expresado así y que ni nuestro pueblo ni nuestra época han inventado nada. Estoy seguro de que los criados del Siglo de Oro, los bufones y quien sabe si no los reyes de Shakespeare, los conchos de Aquileo, los protagonistas de la tía Panchita, los campesinos de Fabián Dobles, y las fisgonas de Samuel Rovinski, en la vida real se expresaban con vulgaridad y malacrianza. Pero precisamente uno de los aciertos de nuestros escritores ha sido el usar el lenguaje popular de manera que el lector lo reconozca y se identifique con él, pero sin reproducir las vulgaridades y obscenidades que normalmente lo caracterizan. Toda la literatura del mundo ha sido así, y ha sido allí donde la literatura realista se ha lucido. Pero en los últimos tiempos, a algunos les ha dado por creer que para lograr un diálogo “realista” lo procedente es colocar una grabadora en una mesa de tragos o debajo de una cama, y trascribir literalmente lo que allí aparezca. Renuncia así la literatura dramática a uno de sus propósitos implícitos, el de instruir y sugerirle al lector o espectador que existe un lenguaje mejor que el suyo. Cuando el teatro era en verso, los antiguos acudían a escuchar el verso. Y en el siglo XX, a escuchar la prosa. La prosa inglesa de Tennessee Williams (y hay que ver los temas que trató), es de una gran belleza, como la prosa española de Valle-Inclán, García Lorca y Alejandro Casona. El arte consiste en trascribir el lenguaje de la gente de manera creíble, pero sin incluir las aberraciones lingüísticas que deseducan al espectador. Lamento que Gestación haya incurrido en este moderno vicio que nada le agrega a la película ni a la cultura costarricense. Se me acaba el espacio. Terminaré en la próxima columna.

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