Alberto Cañas

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Domingo 20 Septiembre, 2009


CHISPORROTEOS


Tras una interrupción por motivos de salud que creo haber superado, restablezco el contacto con mis lectores, y aquí estoy otra vez con ganas de seguir dando la lata con mis impertinencias e inconformidades ante la Costa Rica que nos vienen recetando hace ya casi treinta años.

Las reflexiones a que me he entregado en esos días de silencio me han conducido a una idea que quiero compartir con ustedes porque en ella creo descubrir si no la total una raíz parcial de lo que nos viene sucediendo.

En los años anteriores a la revolución del 48, lo normal y corriente era que las listas de diputados las hiciera personalmente el candidato presidencial, y en el caso de elecciones de medio período y partido de gobierno, el propio Presidente de la República. Recuerdo el silencioso bochinche que se armó dentro del Partido Demócrata (cortesista) cuando para la elección de 1944 un grupo de jóvenes encabezados por Alberto Martén exigió que las papeletas de diputados se elaboraran dentro de una convención.

En los primeros tiempos después de la guerra civil, la elaboración de las papeletas recayó en los comités directivos superiores (al menos en el PLN), que es lo que ocurre en todos los partidos políticos democráticos conocidos en el mundo occidental, donde las listas de candidatos responden por lo general a los programas de gobierno y se elaboran tomando en cuenta la capacidad de cada aspirante para ser un buen defensor de ese programa, y así sucesivamente.

Pero de pronto, no logro discernir exactamente cuando pero sí recuerdo muy claramente, dentro del PLN a Daniel Oduber impulsando la idea, surgió la tesis populista, de entregar la elaboración de las papeletas a asambleas nacionales (cosa que terminó por incluirse en el Código Electoral). Eso le sonó muy bien a mucha gente: los candidatos a diputados serían escogidos prácticamente por una muchedumbre. Populismo puro.

Resultado: que depositado el poder en manos de la muchedumbre, la muchedumbre no escogió a los mejores sino que se escogió a sí misma. (Ni tonta que fuera.) Lo que he llamado la gradería de sol se apoderó de la Asamblea Legislativa. (Y conforme fue pasando el tiempo y los “legisladores” se negaron a abandonar la cancha y regresar a la gradería, se apoderaron también de los ministerios, y de las presidencias de autónomas, muchos de ellos sin saber de la misa a media con los resultados que estamos presenciando, palpando y lamentando.

Nadie se imagina a Jorge Manuel Dengo llegando a la dirección del ICE porque se le había terminado una chamba de diputado y había que colocarlo en algún puesto sabroso porque no quería regresar a su pueblo. Tampoco a Rodrigo Carazo llegando al INVU por parecida razón. O Guillermo Lara al Ferrocarril al Pacífico, o Danilo Jiménez al INA… y no hay necesidad de seguir.

Personas como las que he citado todavía existen, pero ya no se las toma en cuenta, porque ahora todo se reduce a colocar a ex funcionarios con hambre (y no precisamente hambre y sed de justicia). La gradería de sol no quiere abandonar la cancha. Ahora es ella la que juega...

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