Alberto Cañas

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Sábado 29 Agosto, 2009


CHISPORROTEOS

CURSIVEAR : Conspiracy (Conspiración),

A principios de 1942, cuando los Estados Unidos acababan de entrar a la que hoy llamamos Segunda Guerra Mundial, se celebró en Berlín una solemne y secreta reunión de dirigentes nazis, militares, policíacos y civiles, que presidió Reinhard Heydrich (que pocos meses después fue asesinado en Checoslovaquia provocando la orden de Hitler de destruir totalmente la población donde eso ocurrió, llamada Lidice, y matar a todos sus habitantes). Esta reunión tenía como objeto el tomar una decisión final sobre los judíos que, presos o confinados, aún vivían y había que alimentarlos y cosas así.

La discusión versó sobre si la solución consistía en matarlos a todos, o en expulsarlos de Europa, o simplemente seguir usándolos como esclavos. Se habló también de los cónyuges judíos de esposa o marido ario. Este caso fue de los que provocaron debate, porque según parece no estaba claramente contemplado en la ley anti-judía de 1935, en conformidad con la cual deberían tomarse las medidas.

De esta conferencia se levantó un acta fiel que recoge todo lo que en ella se dijo. Y la BBC, en 1997, filmó una película que es simplemente una transcripción literal del acta. Es decir una reconstrución fidedigna de todo lo que allí se habló. Esa película se titula Conspiracy (Conspiración), y un buen amigo me cuenta que aquí la trasmitió la televisión por cable poco después. Yo me he hecho de una copia y sobre ella escribo.

Y lo hago porque lo que para muchos será sorpresivo, es que la discusión versó básicamente sobre la legalidad o ilegalidad de las “soluciones” que se iban proponiendo. Lo cual confirma lo que esta columna ha sostenido siempre: que las tremebundas dictaduras europeas del siglo XX (Hitler, Stalin, Mussolini, Franco), actuaron siempre de acuerdo con la ley… una vez que sus parlamentos o lo que fuere, dictaran una ley que autorizara las atrocidades. (Los comunistas llegaron incluso a ensalzar esto llamándole “legalidad socialista”, a la que autorizó el Gulag por ejemplo).

Desgraciadamente, en las primeras décadas de posguerra, la Universidad de Costa Rica dio en la flor de enviar a perfeccionarse, a posgraduarse o a lo que fuera, a jóvenes abogados distinguidos, no en Francia (en cuyo derecho napoleónico está o estuvo inspirado el nuestro) sino a Italia y a España, para luego darles cátedra. Y donde estudiaron, como era inevitable, les fue insuflada la doctrina esa de que lo importante es la ley escrita, que es un fin en sí misma y no, como lo aprendieron mi generación y las precedentes, un camino, una fórmula, un instrumento para buscar la verdadera finalidad, que es la justicia. El concepto de la mala ley, contra la cual se debe luchar, prácticamente desaparecía de esa moderna filosofía jurídica totalitaria que gustosos importábamos.

Desde que en la Universidad de Costa Rica comenzó a privar esa doctrina tan grata a las dictaduras, aquí la venimos copiando. De justicia se habla poco. De derecho se habla mucho. Y hay leyes horrendas (la de administración pública por ejemplo) que están basadas en ese principio, y han convertido las decisiones del Poder Ejecutivo, por ejemplo, en fuente de procesos, juicios, demandas y recursos, todos en nombre de la ley escrita y ninguno en la justicia o injusticia de las decisiones, ni en el bienestar social que se supone que el Gobierno procura. El fondo de las decisiones no interesa al nuevo derecho. Solo su legalidad. ¡Que se salve el inciso aunque se ahogue la Patria!

Y por supuesto, un país que se venía gobernando y manejando pensando en la justicia y no en el derecho como objetivo único, se vuelve paulatinamente ingobernable, porque no tiene (como las dictaduras) la capacidad de hacer que las leyes se reformen con rapidez y de acuerdo con las necesidades del pueblo

Siempre recuerdo —y en mis memorias lo he subrayado— a los tres eminentes juristas de antaño que en la Escuela de Derecho nos subrayaban esa entonces clara, hoy oscura, diferenciación entre la ley y la justicia, con énfasis en la necesaria prevalencia de ésta: don Ricardo Fournier, don Jorge Guardia y don Francisco Echeverría García (los cito en el orden en que me enseñaron).

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