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Lunes, 12 de noviembre de 2018



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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 20 febrero, 2008


CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Surge a veces un detalle satisfactorio en medio de la inconformidad que entre mucha gente consciente y preocupada viene despertando la progresiva decadencia de los llamados premios nacionales, con el Magón convertido en un benemeritazgo no legislativo, y los Aquileos repartidos con frecuencia por jurados incompetentes y novatos, incluso entre escritores extranjeros, y alguna vez (según me lo confesó algún miembro de ese jurado que votó en contra), basándose en que el autor agraciado pasaba por dificultades económicas, culpa esto del bien intencionado error que cometió Aída Fishman cuando multiplicó el contenido económico de los premios, despertando codicias que antaño no existieron, en medio de la inconformidad, venía diciendo, aparece a veces un detalle que satisface no sólo culturalmente sino espiritualmente.

Es cierto que los jurados se niegan a reconocer en Gerardo Campos al más extraordinario cuentista que haya aparecido en este país en muchos años, al igual que como se negaron sistemáticamente a otro notable cuentista, Carlos Luis Altamirano, siempre, a lo que parece, buscando veinteañeros cuya madurez cabría esperar, pero la verdad de todo esto es que la culpa de los errores no es de los jurados, sino de las entidades que los nombran, frecuentemente con personas totalmente desconocidas en el medio.

Este año, el detalle satisfactorio es que por fin el Aquileo le haya reconocido su talento y su valor a Rodolfo Arias Formoso, premiándole su tercera novela.

Las dos primeras: El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios (1991) y Vamos para Panamá (1997). Fueron revelaciones. La primera mostró a un escritor no por novel menos dueño de sus medios de expresión y con gran sentido del lenguaje, escrita en el lenguaje cotidiano de los ticos como captado por una grabadora, y sin arrumacos literarios. La segunda, reveló a un narrador extraordinario capaz de mantener al lector, como dicen, al borde del asiento, creando un suspenso como la literatura costarricense no había producido antes.

La nueva novela de este actor es más subjetiva, más interior. Capitaliza experiencias no solo personales sino también generacionales, y es por lo tanto, más ambiciosa y más lírica (si cabe el término) que las anteriores. Y en ella se consolida el notable escritor que no aparecía hace diecisiete años y que, estoy seguro, impulsado por el premio Aquileo (que todavía ayuda y no se ha choteado del todo), tendrá un merecidísimo éxito de ventas.

Digo esto, a conciencia de que a mi juicio, esta novela no tiene la originalidad de las anteriores, pues su tema, en términos generales, ha sido ya tratado por otros escritores coetáneos de Rodolfo Arias. Pero la verdad es que, si bien la originalidad puede ser una virtud y a veces lo es, no es una virtud imprescindible, y más mérito puede a veces tener una obra cuando comparte tema, personajes o situaciones que otras ya han explorado.

Tanto es así, que si bien esta nueva novela, como queda dicho, no tiene los dones de originalidad y novedad que enaltecieron las dos primeras de su autor, es una de las mejores que han aparecido en este país en los últimos años, por lo cual debemos, no sólo congratular a su autor sino congratularnos todos a nosotros mismos: la literatura costarricense sigue en pie y creciendo.

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