Alberto Cañas

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Sábado 16 Febrero, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

No creo que a la gente que domina nuestro teatro le haya importado gran cosa el fallecimiento de Emilio Carballido, que se produjo en estos días.

Se trata de quien sin duda alguna era el primer dramaturgo mexicano, y uno de los primeros de América. Pero uno de los últimos sobrevivientes entre los que creían que el teatro es un noble género literario y no un pretexto para experimentos de espectáculo con frecuencia analfabéticos. Eso que llaman “propuestas”, que rara vez se convierten en “dispuestas” (El hombre propone y Dios dispone) y como propuestas pasan al archivo de lo que tuvo pocos días de vida.

En los buenos tiempos de nuestro teatro, las obras de Carballido tuvieron éxito. En el viejo, añorado Teatro Arlequín, dos piezas suyas tuvieron una recepción extraordinaria del público educado y la crítica: La Rosa de dos Aromas y Orinoco, bellos momentos de lucimiento de nuestras actrices, y estupendos ejemplos de un teatro puesto al servicio y cultivo del espectador alfabetizado y no de sí mismo, tal y como fue desde los tiempos de Esquilo hasta algunos años antes de nuestros días.

Por aquí anduvo Carballido alguna vez, y se conectó con círculos intelectuales, literarios y artísticos, pues a más de dramaturgo era un buen narrador. Dos novelas suyas: El Tren que corría y Las Visitaciones del Diablo, figuran entre las mejores, más curiosas y más originales que han salido en México en las últimas décadas.

En otros tiempos, ya grupos y teatros estarían preparando y anunciando piezas suyas como homenaje a tan ilustre escritor teatral. Estoy seguro de que en las capitales latinoamericanas del teatro: Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, México, se verán en estos días obras de Emilio Carballido. Aquí, los más viejos nos limitaremos a recordar los maravillosos momentos de teatro que tuvimos con Orinoco y con esa maravillosa, originalísima comedia que es La Rosa de dos Aromas.

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