Alberto Cañas

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Sábado 2 Febrero, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Con el respeto que le tengo y el afecto que le profeso desde hace muchos años a María Eugenia Dengo de Vargas, distinguidísima educadora y notable albacea intelectual de su padre y de mi venerado don Roberto Brenes Mesén, debo confesar que la concesión del Premio Magón que le han hecho, es una muestra más de que ese premio, concebido inicialmente por Fernando Volio Jiménez como un premio nacional de literatura y en general de creación artística, ha sido convertido en los últimos años en un Benemeritazgo.

Muchas personas ajenas a la creación literaria y artística y a la investigación histórica que el legislador tuvo en mente, lo han recibido, en medio del aplauso nacional que incluye el mío. Pero creo llegada la hora de decir que no hay que confundir el Premio Magón con un Benemeritazgo.

No debo citar aquí los nombres de notables ciudadanos, magníficos educadores, propulsores de la cultura, científicos de calidad que lo han recibido, me imagino que porque el país no tiene un premio de educación ni un premio científico equivalente al Magón. Pero sí puedo revelar que el delegado del Ministerio de Cultura en algún jurado del Magón manifestó una vez con enorme frescura, su disposición de no apoyar a ningún escritor ni artista. Bueno, devolver a los creadores al estado de desamparo en que los tuvo Costa Rica hasta que apareció Fernando Volio Jiménez.



Hay un premio, creo que se llama Mauro Fernández, en materia educacional, pero lo otorga el Ministerio de Educación entre sus empleados y como un acto burocrático. Y existe un premio científico, el Clorito Picado, pero no es un reconocimiento sino un certamen. Ya es hora de que esos premios alcancen la categoría del Magón. Que sean los premios nacionales a la educación (que incluya a los profesores universitarios) y a la investigación científica, otorgados a la labor de una vida en esos campos. Y de paso, que se le devuelva al Pío Víquez la condición inicial que tuvo de premio a una carrera periodística, y que lo han convertido los jurados en un premio por un trabajo del año anterior.

El Ministerio de Cultura, que en los últimos años ha estado juramentando a los miembros de los jurados, cosa que antaño no se hacía porque no se trata de funcionarios públicos, debería entonces instruirlos sobre el sentido de los premios, y haciendo efectivo el juramento rechazar los fallos que no se ajusten a lo previsto, como alguna vez, de Ministro, hizo Guido Sáenz con un fallo (más bien falla o fallonazo) sobre teatro.

Hay un premio Aquileo a una obra que no sea narrativa, poesía, ensayo teatro ni historia. Pues bien, hace algunos años se publicó por el Ministerio de Cultura, una bellísima antología de escritos costarricenses sobre el Quijote. Todos viejos, ninguno original. Y lo premiaron como esa obra no ubicable. Es decir, que premiaron el objeto o cosa llamada libro por su hermosura y no por su contenido, porque ese contenido no era del año respectivo. Y así podrían citarse otros casos: libros de cuentos premiados como novela; novelas premiadas como libros de cuentos, pero aunque eso podría atribuirse a error, yo lo atribuyo a que los jurados no leyeron las obras. La notabilísima pieza teatral “La víspera del sábado” de Samuel Rovinski no fue premiada porque los miembros del jurado no asistieron a las representaciones; un magnífico ensayo de Francisco Antonio Pacheco no obtuvo el Aquileo porque los miembros del jurado no lo leyeron. Otra cosa que habría que estudiar, y que se produjo por primera vez hace como treinta años, es el premiar libros de autores extranjeros. Uno, hace un tiempo, cuyo autor ni siquiera residía aquí.

Bueno, aquí paro. Hace años estaba con ganas de decir esto. Pero aprovecho la oportunidad en que se le ha rendido este formidable y merecido homenaje a una de nuestras más notables educadoras, para unirme a él y de paso hacer públicas esas preocupaciones que vengo alimentando hace muchísimos años, y que tienden a que nuestros creadores, artistas y compositores sean considerados ciudadanos de baja categoría, como solía suceder hace cien y más años.

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