Alberto Cañas

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Sábado 12 Enero, 2008

Chisporroteos

Alberto F. Cañas

He contado algunas veces que, después del triunfo estudiantil y femenino (y, aunque a algunos les duela, callejero) contra el primer intento de fraude electoral nacional del calderonismo en mayo de 1943 mediante una ley que obligamos al Poder Ejecutivo a retirar de conocimiento del Congreso a punto de que le dieran aprobación definitiva, el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales recibió el refuerzo de un contingente apreciable de estudiantes de secundaria, principalmente del Liceo de Costa Rica.

Menciono de memoria los nombres de algunos de ellos: Carlos José Gutiérrez, Eugenio Rodríguez Vega, José Luis Molina, Juan Arrea, Hernán Collado, y agrego el de Eduardo Jenkins Dobles, fallecido en estos días a los 81 años.

Era, entre ellos, el más definido aspirante a escritor. A poeta, por concretar más. Y nadie habría dicho, leyendo sus primicias poéticas, que con el tiempo y sin abandonar esa vocación, iba a estudiar ingeniería y a resultar un profesional de calidad en ese campo, pero sin apartarse de la poesía: su primer poemario, Riberas de la Brisa, apareció en 1947, cuando él tenía 21 años.

Los poetas de la generación de Eduardo Jenkins han sido bastante opacados por los de la generación siguiente que encabezó Debravo, y no han recibido el reconocimiento a que eran acreedores. Mario Picado y Eduardo Jenkins Dobles han sido los únicos en obtener un premio Aquileo Echeverría. Jenkins el de 1970 por su sorprendente, casi inaudito libro Sonetos a las Virtudes.

Era la suya una sensibilidad poética muy particular, porque, apartado de los resabios modernistas que todavía podían localizarse en la obra de la generación que precedió a la suya, mantuvo con frecuencia, sin embargo, el empleo de las formas clásicas, las medidas, la rima, los acentos, con el acierto con que, cuando se le ocurría, las usaba el maestro Isaac Felipe Azofeifa.

Tal vez lo más indicado será citar sus propias palabras (prólogo a su penúltimo poemario: Soneto y Molde Libre para la Soledad y la Esperanza, 1985): “…lo que me ha interesado en poesía hasta la fecha: algo de romanticismo al inicio; la naturaleza y sus manifestaciones: el agua, el aire, la tierra y el fuego; la lucha dialéctica en la búsqueda de la felicidad y del paraíso perdido”. Esto tal vez no explique su técnica, pero habla muy claro de su actitud ante la poesía y ante la vida.

Quiero destacar un detalle suyo que lo define como hombre y como ciudadano: en los días siguientes a su elección en 1982, don Luis Alberto Monge anunció que Eduardo Jenkins sería en su gobierno el presidente ejecutivo del INVU. Inmediatamente, en la primera entrevista que concedió, Jenkins anunció que una de las primeras medidas que tomaría iba a ser que las casas del INVU fueran recibidas por los adjudicatarios con una pequeña biblioteca adentro. Lamentablemente, Monge rectificó y nombró a Jenkins embajador en Israel. Y quien ocupó la dirección del INVU no hizo por donde cumplir lo que Jenkins había ofrecido.

Recuerdo este incidente porque, si bien admiré mucho a Eduardo Jenkins Dobles como poeta, también supe admirarlo como ciudadano.

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