Alberto Cañas

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Miércoles 26 Septiembre, 2007

CHISPORROTEOS
Alberto F. Cañas

Es triste tarea —pero conforme pasan los días se me hace más frecuente— esa de recordar, de rememorar a los amigos y compañeros que nos van dejando inexorablemente, aumentando así la sensación de soledad creciente que nos acomete conforme vamos envejeciendo.

A Marco Gutiérrez, que falleció el sábado, lo encontré cuando ambos andábamos por los 20 años o acabando de remontarlos. Era limonense, y a mí me había tocado por ese entonces y por razones sentimentales y románticas, andar mucho por Limón. Pero mi amistad inicial fue con su hermana Alicia (encantadora e inolvidable confidente mía), y a través de ella llegar a intimar con él.

Nos encontramos en un momento en que ambos transcurríamos por crisis existenciales propias de ese salto de la adolescencia a la edad adulta, en las que sentimos que se juega nuestro porvenir como si fuese una cosa de escudo o corona.

Pero el espíritu juguetón, indisciplinado de Marco Gutiérrez (espíritu que no me atrevo a calificar de diabólico porque estaba más cerca del Cuijen que del solemne Satanás) impedía que esos años de transición fuesen para él sombríos o pesimistas. Y Marco mismo se convertía en un mensaje de optimismo para sus amigos, para el grupo que fuimos formando, que nos encontrábamos por las noches en el parque Morazán y al que dediqué mi libro La exterminación de los pobres, todos acongojados por problemas generacionales, amorosos, existenciales y hasta puramente económicos.

Marco Gutiérrez se convirtió en el hombre indispensable para una fiesta, para una parranda, para una juerga, para una tomatinga o para una broma de caracteres considerables a alguna persona mayor que nos repudiara, por ejemplo como candidatos a yernos. Luego, conforme los de aquella barra insoportable fuimos encontrando nuestro camino sentimental, nuestra novias se fueron haciendo más amigas de Marco que nosotros mismos. En lo que a mi casa se refiere, la amistad de Marco con mi esposa fue mayor que la amistad conmigo, de suerte que de mis viejos cuates de juventud, Marco fue el que siguió frecuentando mi casa… hasta hará cosa de una o dos semanas.

Inteligencia brillante, clarísima, privilegiada la de Marco Gutiérrez, que le permitió llegar a ser uno de los mejores publicistas y relacionistas públicos que ha tenido este país. En ese terreno hizo carrera y de pronto participó en cosas políticas, cuando se convirtió en el jefe de propaganda de Daniel Oduber, que había sido al fin y al cabo un miembro de la barra veinteañera.

Más que un político, era un consejero de políticos. Y los fundadores del PAC encontramos más de una vez que una consulta a Marco Gutiérrez producía respuestas prácticas, inteligentes y de buen efecto.

A todo eso, hay que agregar algo: era un amigo incondicional, leal, invariable. Quienes contrajimos su amistad a los veinte años, la pudimos sostener durante sesenta sin escollos, tropiezos ni incidentes. Gran amigo, gran caballero, gran costarricense. Además, last but not least, ejemplar tanguero y amante de la poesía. ¿Qué más se puede pedir?

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