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Lunes, 19 de agosto de 2019



COLUMNISTAS


CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Sábado 20 junio, 2009



CHISPORROTEOS

Termino las reflexiones que comencé el miércoles pasado sobre la situación política costarricense de 1947 y 1948, y el liderazgo que la posición nacional le reconoció a Otilio Ulate desde antes de que, con la más brillante campaña electoral que haya realizado candidato alguno (al menos durante mi vida), se definió cono merecedor de ese reconocimiento.
Desde que, anuladas infamemente las elecciones presidenciales (las de diputados no y sí se sabe por qué), estalló la Guerra Civil, no hubo uno sino dos líderes. Pero no fue sino hasta que la guerra terminó con el triunfo de la oposición, que las distintas tendencias políticas e ideológicas que había dentro de ella comenzaron a manifestase. Se hizo evidente que el líder triunfador de la elección era de temperamento cauteloso y conservador, y el líder triunfador de la guerra, de tendencias social demócratas o socialistas. No fue sino hasta 1954 que rompieron abiertamente, pero la unidad total de 1947, por encima de reservas mentales e insatisfacciones, fue la que permitió la victoria.
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La situación de hoy es diferente, por supuesto, y por esa razón he creído —ya lo he dicho en esta columna algunas veces— que las alianzas de esta vez tienen que ser para mayo. A lo que pueden y deben llegar los partidos nuevos, es a pelear por diputaciones, pero, imitando el año 47, sin dividir la lucha presidencial.
Una oposición dividida puede darle al régimen existente una victoria del 40% como la de 2006. Si la oposición va unida, puede superar ese 40. Sería una locura atenerse a una segunda elección, porque el gobiernismo va unido y réquetefinanciado. Sigo creyendo que un gobierno de coalición del partido fuerte con aquellos que obtengan curules sin haber dividido la lucha por la Presidencia de la República, puede ser la fórmula de buena fe que satisfaga a todos. Hasta el momento no he escuchado una sola voz en contra de esto. Y paso a tocar otros temas.
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Una de las cosas más memorables y divertidas de este año, ha sido la decisión de Domingo Ramos de abandonar por unos días la escultura, para escribir un libro en verso sobre el TLC y su tramitación. Un libro lleno de fisga, de humor y, por supuesto de nacionalismo y sentido patriótico, que debería ser de lectura obligatoria. Se titula Para no Olvidar, y ha sido publicado por Perro Azul. Una delicia y una muestra saludable de que los costarricenses no hemos perdido el sentido de humor.
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El otro día, una dificultad con mi correo electrónico me incitó a llamar a Racsa para pedir cierta explicación. Durante más de veinte minutos estuve llame y llame, con la esperanza de poder hablar con un ser humano. Sólo voces grabadas me salieron, con respuestas a las preguntas más frecuentes y cajoneras que se esperan de un cliente, y que me proporcionaban información que no era la que yo quería solicitar, y que me quedé sin obtener. Si alguien me comunica un número telefónico de Racsa que esté atendido por un ser humano, con mucho gusto le reciprocaré proporcionándole un número atendido por un ser humano que hay en el ICE.
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Una de las sorpresas más agradables que he tenido este año, ha sido la aparición de un libro que recoge la poesía de Marco Aguilar, uno de los “poetas de Turrialba” que estallaron sobre nuestro panorama literario en 1960. A diferencia de Jorge Debravo y Laureano Albán, Aguilar permaneció en su sitio natal, no se vino a San José ni se incorporó a los círculos literarios. Siguió en Turrialba. Ocasionalmente ha publicado muestras de su poesía, y ahora la editorial de la UNED ha dado a luz, por iniciativa de otro turrialbeño eminente, Erick Gil Salas, la poesía de Marco Aguilar. Vista ahora en conjunto, es la obra de un poeta notable de uno de los más notables poetas costarricenses de nuestros días. Claro e intencionado como Debravo, con un curioso humor de que éste carecía, y con un nuevo sentido musical y suave belleza. Y sobre todo, sin hermetismos y completamente comprensible para los profanos. OBRA REUNIDA de Marco Aguilar, es uno de los grandes acontecimientos culturales del 2009.

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