Alberto Cañas

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Sábado 25 Abril, 2009


Chisporroteos



Hace días estoy con ganas de ocuparme de la idea que ha surgido en la Asamblea Legislativa, de sustituir la votación secreta con bolas blancas y negras, por bolas de otros colores, aduciendo quienes lo proponen, que el blanco y el negro tienen un contenido racista.

La verdad es que si ustedes se fijan, y no hace falta que se fijen porque es obvio, las personas a quienes llamamos negros no son de ese color, ni los que pasamos por blancos somos de color blanco.



En todo caso apartándonos de los temas étnicos, lo que conviene es recordar que eso del blanco y el negro viene, desde las civilizaciones más primitivas, basado en el concepto básico del día y la noche. El día, dijeron los antiguos, es claro y la noche oscura, y la claridad y la oscuridad son, respectivamente, blanca y negra. Esta distinción se ha aplicado a multitud de actividades. Por ejemplo, en el ajedrez, juegan las piezas blancas contra las piezas negras. Nada de racismo en eso, por supuesto, ni de superioridad de unas sobre otras.

Ahora bien, si de veras decidieran sustituir las blancas y las negras por bolas de otro color, ¿Cuáles escogerían? Alguien, no sé quién pero me imagino lo estúpido que debe de haber sido, inventó para el tránsito los colores verde y rojo. El verde da paso y el rojo ordena detenerse. El que tal cosa inventó, no cayó en la cuenta de que el verde y el rojo son los dos únicos colores que muchos seres humanos del sexo masculino, los llamados daltónicos, no distinguen. Habría que ver a un diputado daltónico en apuros al escoger entre una bola verde y una roja, en secreto.

Algún sabio dijo una vez que no hay peor error que enviar a reparar un aparato que está funcionando bien. Y aplico ese dicho no solo a lo de las bolas blancas y las bolas negras, sino a la monomanía de cambiar que nos ha dado.

Ustedes habrán notado que la Asamblea Legislativa funciona mejor con un presidente experimentado que con un novato. De allí que en los dorados tiempos de la república liberal (1906-1936) don Arturo Volio primero y don Ricardo Castro Beeche más tarde, presidieron el congreso durante largos años. En términos generales, yo creo que el presidente de la Asamblea Legislativa debería elegirse por cuatro años. (Hago la salvedad de que si a mí, después de una, me hubiesen propuesto la reelección, le habría pegado un tiro a quien me lo propusiera, porque creo que el periodo de mayo de 1994 a abril de 1995 en que presidí la Asamblea Legislativa, ha sido el más improductivo e inútil de mi vida.

Algo que refuerza mi punto de vista ha sucedido en el Banco Nacional. Al señor Hayden, notable gerente durante un buen número de años, no lo reeligen porque ya ha estado en el cargo mucho tiempo. En ese mismo banco, cuando el gerente era nombrado por el Presidente de la Republica, don Ricardo Jiménez nombró a don Julio Peña, y ahí permaneció hasta su muerte. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que lo estaba haciendo bien. Al fallecer don Julio en 1949 (cuatro gobiernos después) fue nombrado don Elías Quirós, quien permaneció en la gerencia largos años, haciéndolo cada vez mejor, hasta que por razones de edad se retiró.

En posiciones de poder político sí es peligroso el asunto. Por eso los costarricenses nunca han aceptado la reelección presidencial, y celebraron que la Constituyente del 49 ampliara a ocho años el periodo de espera para volver a la Presidencia, y el que la Asamblea Legislativa prohibiera totalmente la reelección en 1969, hasta que una dependencia del Poder Judicial, ni Asamblea, ni Legislativa ni Constituyente ni elegida por el pueblo, reformó la Constitución para que don Oscar Arias pudiera aspirar de nuevo. Algún día habrá que determinar quién fue el que salió huero.

La larga gerencia de don Jorge Manuel Dengo en el ICE fue pródiga en beneficios para el país, como las de don Julio Peña y don Elías Quirós en el Banco Nacional, lo mismo que las largas gerencias del INS antes del 4-3 y de la intolerable creación de las presidencias ejecutivas. Somos muy dados a ponerle multas a la experiencia.


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