Alberto Cañas

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Sábado 18 Octubre, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Cuando observo lo que está pasando en los Estados Unidos y el profundo silencio en que se han sumido los que aquí venían cantando y cantando las bondades del capitalismo y de las leyes del mercado, recuerdo la expresión que le escuché al gran economista anti-neoliberal John Kenneth Galbraith en 1977, en el sentido de que no es cierto que existan dos tipos de economía: capitalista y socialista, pues en realidad existen tres: capitalista, socialista y agrícola. Y esta última sólo tiene en común con el capitalismo, el hecho de que está en manos privadas.

El capitalismo propiamente dicho, ese que el papa Juan Pablo II condenó como salvaje, es una economía de sociedades cuyas acciones se cotizan en el mercado, y su prosperidad o fracaso depende de la especulación con las acciones y títulos sin que tenga que ver, como se ha visto en esos días, con la mayor o menor productividad de un país. No tiene ninguna conexión con el trabajo humano, y todas las conexiones imaginables con la especulación. Los grandes magnates del capitalismo no deben su posición ni su riqueza a su capacidad de trabajo sino a su inteligencia para especular. Como decía mi padre: El sudor de la frente no da para tanto.



La economía agrícola, como la que le dio a Costa Rica la prosperidad y la democracia social de que gozó, es de empresa privada, pero de empresas familiares, pequeñas o medianas, cuya fortuna o ruina depende de su capacidad para producir, y no de la especulación sobre los títulos valores que emite. Ninguna economía agrícola es capitalista, sostenía Galbraith. La economía agrícola puede desarrollar con firmeza un país y a su debido tiempo ese país decidirá si quiere ser capitalista o socialista, o (agrego yo), término medio.

Pero aquí nos quieren imponer el capitalismo desde que en 1959 se fundó la Anfe. Hasta llegamos al ridículo de armar un bolsa de valores en la que los únicos que se negocian son los bonos del gobierno, lo cual es jugar de capitalismo. Y el tratado de libre comercio con los Estados Unidos es un intento de imponernos una vida capitalista regentada por las empresas transnacionales (que antes llamábamos extranjeras) que llegan a dominarnos.

El destino de la pequeña empresa nacional diferente a la arrolladora transnacional, puede verse en la cantidad de fábricas de bebidas gaseosas que había aquí en 1941 cuando ingresó la Coca Cola, y cuántas han quedado; en la cantidad de sodas (sodas de garage las llamábamos) que existían cuando llegó aquí la McDonald con un enorme capital para promoción, y cuantas de esas pequeñas empresas familiares han quedado; en la paulatina desaparición de las pulperías ante empresas grandes; en la transformación de aquella Costa Rica que en 1948 proclamaba “todos propietarios”, en la actual que proclama “todos empleados” sin agregar empleados de quién. Este fenómeno me interesa mucho más desde el punto de vista social que desde el punto de vista económico, pues no faltará alguno que sostenga que “económicamente” es mejor lo que ha pasado

Se me termina el espacio. Continuaré con estos disparates el próximo miércoles.

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