Alberto Cañas

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Sábado 30 Agosto, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Escribo estas líneas dentro del impacto emocional que me ha traído el hecho de que haya fallecido Roberto Fernández Durán, mi amigo, confidente y camarada desde el Liceo de Costa Rica y a lo largo de todas las vicisitudes de nuestra vida personal y de la vida de nuestro país, al cual amó ferviente y apasionadamente.

El bachillerato, la tertulia entrañable en la casa de los Cardona Cooper, el Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, la afición por la música, las lecturas compartidas a lo largo de los años siempre interesados los dos en los mismos libros y en los mismos autores casi sin discrepancia, los terribles ocho años de agitación, de persecuciones políticas, de permanente peligro.

Un inolvidable encuentro en Cartago el 12 de abril de 1948, donde yo acudí a incorporarme a la revolución y él venía bajando de las montañas en la marcha fantasma tras un personal heroísmo (del que siempre se negó a hablar) en la legendaria trinchera de San Isidro. Y la actividad política siguiente, la camaradería e identidad de propósitos con que luego asumimos la conducción del periódico que estábamos fundando: LA REPÚBLICA, este mismo en que aún escribo.

Y se suceden los hechos, los incidentes, los trabajos conjuntos, singularmente La Piapia con nuestro pariente, colega y cuate Alvaro Fernández. Trato de enumerar las cosas que hicimos juntos y no terminaré nunca. Fue simplemente una amistad cordial y fraternal la nuestra, que se hizo más profunda cuando él por fin encontró a la mujer de su vida, esa ejemplar Virginia que lo acompañó con infinita comprensión y amor sin igual durante más de medio siglo, liberándolo de problemas cuando procedía y solidaria con él en todo momento.

Hombre sin enemigos, funcionario público ejemplar que en 1948, cuando la Junta de Gobierno lo puso (tenía 28 años) a cargo de la Proveeduría Nacional, dio allí el ejemplo de probidad y honradez personal que dio por todas partes, pero que en el caso concreto le dio prestigio a esa delicada función del Estado. Luego discreto y agudo diplomático cuando don Pepe, en su segundo gobierno, lo designó embajador en Bogotá ante un dictador que aquí no sabíamos si estaba aliado o no, si simpatizaba o no con la horrenda dictadura venezolana con la cual la Costa Rica renacida se había jurado profunda y recíproca hostilidad.

Desde que nos encontramos en el Liceo hasta anteayer, nuestra amistad fue ininterrumpida, y lo mismo hay que decir de nuestro afecto recíproco.

Aparte de lo que internamente me toca tras una amistad de más de 70 años, pienso que Costa Rica ha perdido a un gran ciudadano. A un ciudadano incorruptible. A un periodista de garra y buena pluma (aunque nunca quiso colegiarse), y en general a un hombre sin el cual este país queda inevitablemente disminuido.

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