Alberto Cañas

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Sábado 16 Agosto, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

En estos días ha desaparecido Alberto Franco Cao. Llevaba mucho tiempo sin saber de él, y me cuentan que vivía muy recluido y en poco contacto con el prójimo. Era un gran ciudadano.
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Pocos saben su origen. Alberto era hijo de un Ministro del Perú en Costa Rica, que un buen día se fue del país tras renunciar a su cargo, y dejó en San José a su familia, creo que abandonada. Su esposa, doña Caridad Cao, se quedó aquí y, trabajando con las uñas, crió una familia ejemplar.
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No solo Alberto. También su hermana Olga Franco, una de las figuras claves en el desarrollo de la danza en Costa Rica.
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Lo anterior lo sé porque durante mi infancia, mi familia estuvo conectada con la representación peruana por ser mi abuelo don Rafael Cañas, el cónsul general del Perú en ese tiempo. Y con doña Caridad Cao y su marido, mis padres tuvieron alguna relación amigable.
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Pero lo importante es el excelente costarricense que fue Beto Franco, hombre de confianza de José Figueres y Francisco Orlich y amigo de gran intimidad de Mario Echandi. Tal vez estas tres alusiones sean suficientes para diseñar la calidad de ser humano y de amigo que fue. Por cierto que en los últimos años, varias veces pregunté a amigos comunes qué se había hecho y por qué su firma había desaparecido de los periódicos. Mantendré mi afecto por él mientras yo viva, y siempre lo recordaré como un patriota y un ciudadano ejemplar.
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Un amigo mío me sugiere que ya que volvieron a capturar a ese famoso “perro que come hocicos”, esta vez no lo encierren en una cárcel, sino en un asilo para la recuperación de drogadictos. Tal vez el contemplar los efectos de su obra, sus negocios y sus crímenes le traiga un poco de vergüenza y de cristiano arrepentimiento.
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Ahora que se ha vuelto a hablar de la estatua de don Pepe, repito lo que he dicho siempre: la que le erigieron no le hace justicia, ni se parece a él. Lo que se debió haber colocado fue el proyecto del escultor Fernando Calvo, retrato exacto del gran hombre, en una posición muy peculiar suya, como que era el ademán con que recibía a la gente. No un guerrero ni un general espada en mano: Don Pepe tal como era. Porque lo que pusieron en 1998 en la plaza de la democracia no es don Pepe tal como era, sino don Pepe tal como alguien se lo imaginó. Ni la ropa que le pusieron responde a la que él usaba.
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Esta noche se presenta en el Teatro Variedades la nueva Compañía Municipal de Teatro de San José, sobre cuya fundación algunos consejos he dado, y que nace calcada dentro de los lineamientos que tuvo desde 1971 hasta que la liquidaron, la Compañía Nacional: teatro de calidad para el pueblo, sin concesiones a la vulgaridad ni al esnobismo. Montajes dedicados al público y no a los caprichos de los experimentadores noveles.
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El debut lo hace con El Avaro, la inmortal comedia de Molière que escrita hace 400 años, es tan actual hoy como el día que se estrenó y que figura en los programas del Ministerio de Educación como de conocimiento obligatorio para los estudiantes. El montaje no es excesivo, y el director Leonardo Perucci lo ha hecho en época actual, no sólo para subrayar la perennidad de la comedia y de su tema, sino también para no gastar excesivamente en una producción muy cara.
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Me complazco en reconocer la manera abierta y comprensiva con que el alcalde de San José Johnny Araya acogió la idea, y el acierto que ha tenido al ponerla en manos de un artista de la categoría de Perucci.
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Algo de simbólico puede haber en esto de que El Avaro fue la primera pieza que el naciente Teatro Universitario llevó al Teatro Nacional, en noviembre de 1953.
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Ojala que éste sea el preludio de un nueva época de esplendor para el teatro en Costa Rica, y que, efectivamente y como se ha anunciado, la Compañía Municipal trabaje con los ojos puestos en el buen gusto del público para cultivarlo, y no para lucir genios imberbes.


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