Alberto Cañas

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Miércoles 13 Agosto, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

No me ha extrañado en lo más mínimo lo que leí el lunes acerca de que la gente de San José no quiere vivir en condominios a gran altura, sino que aspira (a diferencia de los habitantes de Nueva York que no conocen otra cosa) a tener su casa propia, ojalá con jardín y hasta corral si a mano viene.

Los que tienen dinero han construido su casa (ahora es de buen tono decir su residencia) en los alrededores. Por Curridabat si quieren hablar español, y por Escazú si prefieren hablar inglés aunque sea mal. Claro, los ricos más nuevos compran condominios, diz que porque están de moda, pero la verdad ha de ser que lo hacen por razones (por otra parte muy atendibles) de seguridad.

La clase media y la clase obrera son, a su vez más conservadoras, y han aspirado siempre a vivir en casa propia. De allí que los multifamiliares que se construyeron hace más de cincuenta años al sur de Plaza González Víquez no fueran repetidos, y que el INVU (mientras existió), construyera casas individuales y no casas de vecindad (o sea los que con más elegancia llamamos ahora condominios).

Uno de los mayores aciertos del INS en sus mejores tiempos fue el programa de financiamiento de construcción de residencias combinado con pólizas de vida, que le permitió a la clase media alta (no contemplada por el INVU) hacerse de casa propia.

Así surgieron barrios residenciales de no excesivo postín, como La Granja en San Pedro, donde vivo hace 55 años pese a los esfuerzos del MOPT por expulsarme de allí como ha logrado expulsar a algunos vecinos convirtiendo el barrio en un pasadizo bajo el tremebundo lema de que es más importante el transeúnte que el residente.

Esas consideraciones, basadas en la observación de la realidad, de la historia y de la configuración de nuestra sociedad, me hacen preguntarme si los que se preparan a construir altísimas torres de condominio alrededor de La Sabana encontrarán suficientes clientes, aunque les ofrezcan la maravilla de tener La Sabana como jardín exterior y campo de juego para los niños.

En fin, todo esfuerzo por devolverle a San José su condición de ciudad habitada (consecuencia de ser habitable), es valioso. Y aunque nuestra capital no podrá volver a ser jamás aquella amorosa ciudad de a pie, bien vale la pena que se haga algo, mucho, cualquier cosa, por devolverle la condición de hogar que tuvo hasta que comenzó su destrucción sistemática en 1950.

De paso, todavía estamos a tiempo de salvar a Heredia, Cartago y Alajuela. Es cuestión de que en esas tres ciudades, los habitantes se propongan salvarlas, porque todavía existen y todavía no se han perdido… aunque es palpable que las dos primeras están amenazadas, y que Alajuela quiere defenderse.

Pero… ¿es que hay algo en este país que no esté amenazado?

Cierto acontecimiento de estos días, del que uno no querría ni hablar, me recuerda el viejo dicho de nuestros padres, de que hay gente a quien ni quemándole el hocico.

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