Alberto Cañas

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Sábado 2 Agosto, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Continúo con las consideraciones que inicié el miércoles pasado sobre la influencia que la tecnología y los inventos de fines del siglo XX provocaron en las letras y las artes.

La invención del cine tuvo un efecto diferente a la de la fotografía; el teatro decidió que el melodramón y la farsa de que se venía alimentando pasaran al nuevo invento, aunque los franceses consiguieron que la farsa de enredo que habían ellos inventado, fuera considerada en lo sucesivo un género literario estudiado en los tratados. En todo caso el teatro, por obra del noruego Ibsen, el ruso Chejov, el sueco Strindberg y el irlandés Shaw (de literaturas y culturas recientes aunque Shaw se asimiló mucho a Inglaterra) y luego el italiano Pirandello y el español Valle-Inclán (aunque éste tardó décadas en traspasar los Pirineos), cobró una dimensión más artística. Más tarde, con el invento de la televisión el cine hizo lo mismo, se puso más intelectual y le heredó buena parte de las imbecilidades a la TV. Aunque Hollywood, a partir de 1970 y por influencia de los bancos que lo financian desde que tuvo que dejar de financiarse con el producto de sus propios teatros y cines, ha vuelto atrás.

Ningún sociólogo ha encontrado una explicación similar para que la poesía decidiera, en el siglo xx, hacerse cada día más esotérica y minoritaria. Algunos de los grandes poetas del siglo XX (Darío, Neruda, García Lorca, Machado, Hernández, Bernárdez, cito sólo a los de habla española), escribieron para mayorías pero los que venían detrás decidieron hacer poesía para camarilla que el lector debe descifrar, y sólo los muy astutos logran descifrarla. En Costa Rica, Debravo se salvó y se empeñó en escribir poesía para el pueblo, y entre los que siguieron, hay todavía algunos comprensibles. Aunque siempre he tenido el deseo de hacer una encuesta entre poetas sobre la diferencia entre prosa y verso.

En el terreno de la narrativa, los esfuerzos de Virginia Woolf y Marcel Proust siguen siendo muy apreciados, pero no logran la comprensión del público que sí consiguió Franz Kafka. Sin embargo, pareciera que el que escribe para los lectores y no para los críticos universitarios termina por imponerse y que la gran novela del siglo XX no fue Ulises sino Cien Años de Soledad. Sin embargo en Costa Rica siguen surgiendo los exclusivistas que no escriben para el público .

Todo pasa y todo ocurre. El gran reformador de la música, Stravinsky, comparte los programas sinfónicos con su compatriota Rachmaninov, acusado en su momento de poco menos que reaccionario. Darío vuelve a ser leído junto a Neruda fuera de Nicaragua. Monet y Van Gogh disputan renombre con Picasso. Y aquí seguimos leyendo a Aquileo, a Carmen Lyra, a los novelistas del 40 (Dobles, Fallas, Gutiérrez) y a Debravo. Laus Deo.

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