Alberto Cañas

Enviar
Miércoles 23 Julio, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Hace algunos días, Fernando Durán Ayanegui se descolgó con un artículo que recomendaba a todo fiel cristiano leer una novela titulada El niño con el pijama de rayas del irlandés John Boyne, estipulando casi como obligatorio el leerla. Agregaba que de acuerdo con lo que dice la contraportada del libro, se abstenía de decir de qué trata, y rogaba a todo lector que hiciera lo mismo.

Mi hija lo tiene y me lo prestó. Y me uno a Durán: todo el mundo debe leer ese notable libro. Es casi un deber con la humanidad. Pocas cosas en mi vida me han impresionado y golpeado más. Indudablemente se trata de la primera gran pieza literaria del presente siglo.

Hace días estoy con ganas de expresar mi agrado por el rumbo que el suplemento Áncora de La Nación ha tomado bajo la dirección de Víctor Hurtado. Está al día con lo que ocurre en el mundo, y señala lo que sucede aquí. Todo con buen gusto e inteligencia. Prueba de ello es el notable artículo de Jacques Sagot sobre el sesquicentenario de Giacomo Puccini que se publicó el domingo. Sagot fija a Puccini como el gran romántico tardío que fue, y analiza con sabiduría lo que fueron las mujeres para Puccini, en su vida y en su obra: su madre dominante, la pequeña enamorada a quien la madre condujo al suicidio, y las otras historias de su edad adulta. Y señala cómo las mujeres son sus grandes creaciones: Manon Lescaut, Mimi, Tosca, Madama Butterfly, Sor Angélica. De alguna manera, Turandot fue la última ópera que captó el entusiasmo de los públicos, pues la única otra, Porgy y Bess de Gershwin está limitada por la particularidad de su elenco, para ingresar en los repertorios. Como todo lo que escribe, este artículo de Sagot revela al hombre culto, escritor fino y analista a conciencia de los temas culturales.

Una cosa que se publicó en estos días en La Nación diciendo que la notable comedia La Rosa de dos Aromas de Emilio Carballido que se representa en la Sala Garbo, versa sobre el machismo, es el empeño de buscarle temas trascendentales o de actualidad a la creación artística. No hagan caso. Es la historia de dos mujeres que se conocen en circunstancias casi risibles, y desarrollan entre ellas una relación insólita. Todo, escrito con inteligencia y gracia, e interpretado con talento. No se deje engañar por esas actitudes seudo-marxistas que necesitan ver en el arte un vehículo de cambio social o de mera propaganda.

Ustedes habrán visto una fotografía que se publicó ayer, que dice ser de la ópera Faust (en los países de habla hispana siempre le hemos llamado Fausto), que se va a representar, a altísimo costo, en el Teatro Nacional. Si están así sea ligeramente familiarizados con la ópera de Gounod o con la obra de Goethe en que se basa, lo mismo les dará que le digan que la fotografía es de Fausto que de La Verbena de la Paloma, pues igual parentesco tiene con ambas.

Ya es hora de que las obras artísticas concebidas para la escena sean respetadas como las que no lo son. A nadie se le ocurre “modernizar” la novena sinfonía de Beethoven agregándole una marimba, ni pintarle bigotes a La Maja Desnuda, ni introducir a Batman en Los Hermanos Karamazov. Pero si la obra fue hecha para la escena (drama u ópera principalmente), que el director se dé gusto: blue jeans para Romeo y Julieta, monjas en Falstaff. No es aceptable que se gasten cuantiosos dineros públicos en complacer caprichos de directores escénicos. Teatros serios como el Covent Garden de Londres, el Metropolitan de Nueva York y el Liceo de Barcelona, ponen en escena las obras con criterios modernos, dejando fuera las antiguallas de antaño, pero respetando las obras mismas. Los directores de la Compañía Lírica harían bien en pedir a Amazon películas de esas modernas producciones. Yo mismo estaría dispuesto a prestárselas, para que se vea que actualizar o modernizar no es lo mismo que desfigurar e irrespetar.

[email protected]