Alberto Cañas

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Miércoles 11 Junio, 2008

Chisporroteos

Alberto F. Cañas

Leo con puntualidad e interés cuanto escribe mi viejo alumno Gaetano Pandolfo, no sólo porque me deleita su manera suave y convincente de escribir, sino porque en su producción hay siempre una enorme honradez intelectual de esas que, ay, no son frecuentes. Y aunque los complicados recovecos en que se ha convertido aquí la práctica del fútbol no me interesan, me complazco en seguir los análisis que él hace de ellos, porque mis opiniones las baso en las suyas.

El sábado pasado, sin embargo, me quedé rascándome la cabeza tras leerlo. Porque creo que su columna me aludió en la crítica feroz que hizo de los que escriben para el público y no aplauden la administración Arias, que según él dice cuenta con apoyo popular mayoritario.

Sigo creyendo que la Constitución prohíbe la reelección presidencial y que los magistrados no tienen poder para reformarla, puesto que no lo tienen para examinar los procedimientos legislativos al determinar si una ley es constitucional, ni para opinar si fue aprobada correctamente. Esa facultad se limita a los proyectos en trámite, no a leyes largamente vigentes. Alguna vez, siendo presidente de la Asamblea Legislativa, me quejé a la Sala cuando ésta declaró inconstitucional una ley por cuanto en el acta respectiva no constaba que hubiese obtenido los 38 votos que requería. Observé que jamás en un acta de la Asamblea Legislativa se ha dicho cuantos diputados aprueban algo, salvo en votaciones nominales. Y que basta que su presidente diga “aprobada” sin que ningún diputado lo objete, para que la votación sea perfecta.
Dichosamente, la sala no volvió a caer en ese disparate. Pero años después cayó en el de calificar el procedimiento y de anular una ley por cuanto extendió (no fue que redujo) un plazo. Bueno, así pretendió reformar la Constitución. Don Luis Alberto Monge calificó ese acto de Golpe de Estado.

Bien, así las cosas llegó al poder el régimen de los hermanos Arias.
Mi opinión sobre lo que hace y deshace está expresada en esta columna.
Lo que hace no responde en el 90% de los casos a lo que toda mi vida he creído conveniente para el país, lo que hasta en las trincheras combatí por obtener, en la concepción social demócrata de las cosas, vigente aún en Escandinavia. No vi con indiferencia la anulación del Consejo de Producción ni la castración del INVU en el gobierno de 1986, por hablar de hechos pasados. No me gusta la ley sobre el ICE que se ha aprobado, ni el inaudito proyecto sobre propiedad intelectual que se pretende; tampoco la mediocridad de los desconocidos Fulanos que accesan a altas posiciones. No me gusta casi nada.

Pero, como según ciertas encuestas y mi propio amigo Pandolfo, esa opinión no la comparte la mayoría del pueblo, mi conducta es reprochable. Debo plegarme y bajar el testuz ante la opinión de la mayoría.

No conozco razón que obligue a nadie a plegarse al pensamiento mayoritario; es decir, a cambiar su opinión por la de la mayoría.
Eso nos lleva directamente a la dictadura, y niega un principio básico de la democracia: el derecho de las minorías a expresarse y a participar en la conducción de la cosa pública de acuerdo con su tamaño. La democracia está basada en la minoría.

Mi amigo Pandolfo debería releer “Un Enemigo del Pueblo”, ese poderoso drama de Ibsen sobre un hombre que se enfrenta a una población entera con la razón en la mano, y cuya última frase dice así: “Más poderoso es el hombre cuanto más solo está”.

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