Alberto Cañas

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Sábado 10 Mayo, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

La Embajada de México está celebrando el vigésimo aniversario de su Centro Cultural. Compromisos previos, concretamente una exposición de Rafa Fernández, me impidieron estar en el concierto con que lo celebró, pero no reflexionar sobre lo que el Centro Cultural de México significa en nuestra vida cultural.

Las actividades, creo que diarias, de ese Centro, congregan a nuestros mundos del espíritu y del pensamiento: la Academia Costarricense de la Lengua, a la que el gobierno de Costa Rica no le ha dado la sede que se comprometió a darle en un tratado que firmó en 1960 (y es el único de todos los gobiernos firmantes que ha incumplido pasados 48 años) ha encontrado en el Centro de México el hogar que requiere para sus sesiones solemnes, como la incorporación de nuevos académicos. Y es allí también donde otro organismo al que he pertenecido; la editorial de la UNED, realiza algunas de sus más concurridas y exitosas “entregas” de libros.

Siempre hay algo que interesa, algo de calidad en el Centro de México, Y siempre, además, en su zaguán de entrada nos da la bienvenida una exposición de arte, a veces costarricense, a veces mexicano.

El Centro de México es, así, más que un símbolo, una evidencia concreta de lo mucho que México y Costa Rica tienen en común, y que curiosamente incluye lenguaje. Pocos ticos de hoy saben que los dos vocablos que nos caracterizan: pura vida y mae, de allá nos vinieron por la vía del cine hace sesenta años, y aunque de México han desaparecido, aquí siguen vigentes.

Y no es posible olvidar que durante los años en que no teníamos universidad, y mientras la de Costa Rica crecía, fue México, el país que preparó más profesionales costarricenses, en carreras que aquí no se impartían, muy señaladamente a los de medicina. Mis tres hijos varones cursaron en México carreras que aquí no se impartían.

De una manera silenciosa y sin estruendo, México ha sido visto, en Centroamérica y el Caribe, como una especie de vigía, de hermano mayor. Recuerdo la década agitada del 70, cuando una entente entre México y la democrática Venezuela de entonces armaron aquello que la prensa llamó “la luna del cuarto creciente”, en la cual los dos países ricos de la zona tomaron medidas para ayudar a los países pobres, que se sentían claramente amenazados por la extrema izquierda agresiva y escandalosa, y por la extrema derecha un poco discreta aún, pero con agresivas intenciones.

El cuarto creciente desapareció cuando, inexplicablemente, México y Venezuela se prestaron para aquella farsa que se llamó “Contadora”, concebida para darle la razón al gobierno sandinista de Nicaragua en sus ataques (gratitud pura) a Costa Rica y que, gracias a la inteligencia de nuestro canciller Carlos José Gutiérrez, fracasó en su intento, en el instante en que la Venezuela de Carlos Andrés Pérez se dio cuenta de que les estaba haciendo el juego a los sandinistas de la piñata, y (no tengo datos sobre ello) convenció a México y a Panamá de que Contadora era un disparate.

Me desvié para comentar o contar cosas que no son del total dominio público, pero la verdad es que debo terminar por donde comencé: recordando y subrayando el profundo y sincero afecto que une a Costa Rica con su hermana mayor, lo mucho que México significa para todos los costarricenses, y que se plasma todos los días en ese Centro que sin estruendos nos congrega.


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