Alberto Cañas

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Miércoles 7 Mayo, 2008

CHISPORROTEOS
Alberto F. Cañas


Dije en mi columna anterior, que razones de espacio me obligaban a dejar para hoy el final. En realidad, cuando hablé de que los presidentes de la Asamblea Legislativa y los jefes de fracción de los partidos deberían permanecer en sus puestos mientras lo deseen y dure su buen desempeño, lo que en el fondo quise decir es que hay que capitalizar la experiencia, y aprovecharla. Por eso, intenté convencer a Elizabeth Fonseca de que no renunciara la jefatura de mi partido, que cumplió con tantisísisimo brillo. Pero creo que estaba cansada. Aprovecho para decirle lo satisfecho que como ciudadano me siento de su gestión. Lo mismo, de lo que ha hecho Tony Pacheco por sacar adelante como era su deber, algunas cosas que estoy convencido de que íntimamente no le satisfacen.

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Me dicen, de fuente confiable, que doña Janina del Vecchio ha presentado su renuncia como Ministra de Seguridad, y que don Oscar Arias no se la aceptó. Me parece sumamente encomiable la actitud de doña Janina, pues la realidad es que en muchos círculos y de parte de muchos ciudadanos destacados y prensa, hay descontento por la ligereza con que contrajo en Berna donde fue embajadora, amistades y contactos que luego resultaron por lo menos dudosos. Ha sido lamentablemente frecuente entre los diplomáticos que acostumbramos improvisar en Europa, que en cuanto una persona con aspecto elegante y cara de platuda o de aristocrática (así sea la suya una aristocracia de opereta) se les mete y los invita a un fin de semana, por ejemplo, en una villa a orillas de un lago, inmediatamente aceptan intimidad con ella, para que luego aparezca que se trataba de aventureros, de indeseables, y hasta de jefes del espionaje de una dictadura, que de todo ha habido. Doña Janina es inocente, pero es su ingenuidad lo que tiene alarmados a algunos círculos, y que espero los diputados de oposición concreten. Entiendo la muestra de confianza que le dio don Oscar. Pero ella debió insistir. En Seguridad es preferible una persona maliciosa que no haga amistades con tanta facilidad, que no crea que los indeseables circulan con antifaces, ni con semblantes patibularios y ropas a lo George Raft (el sospechoso clásico del cine).

Nada ha dicho la prensa sobre la desaparición del notable fotógrafo Rodolfo Carrillo, que de alguna manera y de esto hace medio siglo, revolucionó la fotografía periodística en Costa Rica. Excelente profesional, además de excelente amigo y magnífica persona, el periodismo costarricense ha perdido un gran elemento, que supo prestigiarlo. El Colegio de Periodistas debió por lo menos participar su fallecimiento en una esquela, para que los del gremio nos enteráramos.

En medio de los atroces disparates con que el canal 7 diz que conmemoró los 60 años de la revolución del 48, surge una idea que me apresto a recoger. Que no sólo se haga una segunda edición (que, me consta, vendrá aumentada) del laureado libro (Premio Aquileo Echeverría) de Guillermo Villegas La guerra de Figueres, sino también de otra obra suya transcendental: Testimonios del 48, tres tomos: uno donde se reproducen las informaciones de la prensa, tanto gobiernista como de oposición como extranjera durante la campaña electoral del 47 y la guerra misma, y los otros dos que recogen los relatos que sobre ella le hicieron los que participaron por parte de ambos bandos, que fue publicada en 1992 y fue sumamente elogiada por Constantino Láscaris como la que por fin lo enteró de lo que había sucedido. Yo espero que la EUNED, a la que tan arraigado he estado en los últimos 19 años, emprenda esta labor urgente e importantísima.

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