Enviar
Lunes 4 Enero, 2010

Chicle, el intruso “invisible” en la ciudad

Está tan cerca que la pasamos inadvertida, empero solo basta un vistazo para percatarnos de la gran mancha en nuestras ciudades, ya de por sí bien contaminadas y desordenadas.
La goma de mascar o, como se popularizó, el chicle representa un problema estético y ambiental de proporciones ignoradas en todos los escenarios urbanos costarricenses, solo se requiere una mirada hacia abajo, siguiendo la ruta ideal: 360 grados.
Al margen del origen del nombre azteca-ibérico nahuatl chictli, del lugar donde se descubrió y del procedimiento que se aplica, de sus beneficios y perjuicios en la salud, esta goma o resina extraída del árbol “chico zapote” desarrolló una industria gigante y mueve millones de dólares alrededor del mundo.
Tan antiquísimo que fue usado por los indígenas aztecas y mayas, el chicle tal cual se le conoce hoy requiere una serie de procesos que lo convierten de goma natural a materia artificial, no biodegradable, lo cual agrava el problema como contaminante. Hoy, en mayor medida, se utilizan derivados del petróleo para producir un polímero artificial y ahorrar costos.
Como lanas con manchas negras y deformes, desde aceras y parques hasta pupitres y pantalones, todo ha sido invadido por el chicle, el cual unido con las pésimas costumbres del costarricense, ha llegado a arruinar el ya deteriorado paisaje urbano, y quizás el rural, de nuestro país.
Las verdaderas dimensiones del problema que representa el chicle serían tan grandes como el regular su consumo, debido a los complejos intereses que median su comercialización. Por ejemplo, Singapur, durante diez años mantuvo vigente la prohibición absoluta de mascar chicle porque fue considerado un descomunal contaminante de suelos, edificios y medios de transporte, ¡y vaya que lo fue!, Singapur tiene una población muy similar a la de Costa Rica, pero en 707,1 kilómetros cuadrados. No obstante, desde 2004, luego de firmar un tratado comercial con Estados Unidos, el Gobierno de ese país permite el consumo de chicle con fines terapéuticos.
Un vistazo en 360 grados marcaría la diferencia para darnos cuenta de cuan feas son nuestras aceras, paredes, sillas, mesas y cuanta superficie sirva para deshacernos de un chicle sin sabor.
Y es que podremos barrer o limpiar, pero un chicle es un problema eterno que marca nuestras ciudades, son pequeños intrusos que unidos crean un monstruo negro y de mal gusto, un evidente síntoma del subdesarrollo individual y colectivo.
Un buena multa al que tire un chicle al suelo o lo pegue en una silla; o tal vez una promoción de “lleve un chicle nuevo por dos o tres mascados”; o qué les parece si creamos un monumento al chicle en cada parque como el creado en Higuera Street, California, con una leyenda que diga “mastique y pegue”.
Encontramos varias soluciones, pero creo que una ley nos llevaría años; con la promoción el Ministerio de Salud pegaría el grito al cielo por cualquier brote, si es que Adams aceptara; y con el monumento al chile, lo dudo, porque tendríamos que hacer uno en cada rincón de este país de vaquitas perezosas, bueno, de hecho eso es lo que hemos creado en cada acera, cada pared, cada parada y cada mesa costarricenses.
Por ahora, el reto es de cada uno y el compromiso de todos. La solución real es botar el chicle al basurero, es pensar en el otro y es pensar en el ambiente, advertidos de que a largo plazo la factura será cara, muy cara.

José Pablo Salazar A.
Vicepresidente
Asociación de Desarrollo Fátima, Heredia