Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 10 Octubre, 2011


¡Chau, no va más!

La hija de mi amiga Inés es una jovencita de 19 años (Inesita) que se encuentra por primera vez en una encrucijada amorosa. La niña tiene cuatro años de estar de novia con un excelente muchacho. Se conocieron en el colegio, se enamoraron y han vivido, hasta hace unos meses, un romance de película. Pero las películas tienen el final que decida el guionista; en la vida real, salvo pocas excepciones, el fin de una relación lo decide uno de los dos involucrados. Casi nunca los dos juntos.
Hete aquí que Inesita dejó de sentir esa atracción química irrefrenable que la mantenía unida a su novio. Como suele ocurrir después de tres años o más de relación, su cerebro dejó de producir feniletilamina, ese compuesto orgánico que brinda mayor energía física y una lucidez mental superior. Al no estar expuesta a este compuesto de la familia de las anfetaminas, el cerebro de mi sobrina adoptiva dejó de secretar dopamina, norepinefrina y oxitocina. Dejó de estar enamorada.
Como ninguno de los dos se ha enamorado de otra persona, como no se han hecho ningún daño, como el cerebro del muchacho aún produce sustancias químicas que lo ligan a ella, la jovencita no encuentra la forma de decirle que se acabó. Cuando a veces la encuentra, la tristeza de él la hace sentir tan culpable que se retracta. Y añora volver a sentir la sudoración en las manos, la falta de apetito y las palpitaciones que antes le provocaba encontrarse con su amado.
Su madre y yo, desde nuestra edad, sabemos que el enamoramiento es así: un proceso químico de corta duración. Hemos vivido también la etapa siguiente del amor: cuando nuestro cerebro produce endorfinas y entramos a una etapa de comodidad y apego a la pareja. Pero ese proceso es para señoras y señores mayores de edad, no para jóvenes con ganas de comerse al mundo.
Desde nuestra edad y experiencia el consejo parece ser fácil: no están casados, no tienen hijos ni patrimonio que dividir, es cuestión de romper la relación y listo.
“¿Listo?” pregunta Inesita asombrada con lágrimas en los ojos. “Toda mi vida he estado con él”. Y sí, aunque para mí toda su vida es un suspiro, para ella es eterna y cuatro años de relación es lo que para mí serían quince o más.
Inesita sufre, teme equivocarse porque, por supuesto, quiere a su novio. “¿Y si ese era el hombre de mi vida? ¿Y si me arrepiento?”. Su madre y yo la miramos sin saber qué decirle.
Evoco algunos versos de uno de los tangos más poéticos de Homero Expósito y se lo dedico a todas mis Inesitas: “¡Chau, no va más! Simplemente, la vida seguirá. ¡Ay, qué bronca sentir todavía el ayer y dejarte partir sin llorar! / ¡Ay, qué bronca saber que me dejo robar un futuro que yo no perdí! Pero nada regresa al ayer, ¡tenés que seguir! / Tomálo con calma, esto es dialéctica pura, ¡te volverá a pasar tantas veces en la vida!/ Sé que es duro matar por la espalda el amor sin tener otra piel donde ir... Pero, ¡dale, la vida está en flor! ¡Tenés que seguir!

Claudia Barrionuevo
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