Arnoldo Mora

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Martes 8 Enero, 2008

Celebremos nuestros valores

Arnoldo Mora

El mes de enero puede ser considerado en nuestra cultural popular como el “mes del arrepentimiento”, porque por estos días los ticos sufren de un complejo de culpa que tiene su origen, no solo en el despilfarro de diciembre, sino también en el amargo resquemor que nos provoca el no haber cumplido los propósitos hechos al inicio del año que recién termina.
Esta actitud obliga a los ticos a mirarse a sí mismos desde dentro y a reformular sus propósitos. Todo lo cual me parece bien; pero lo que considero una laguna grave en esa actitud es que solo abarca el comportamiento individual. El tico solo piensa en su persona: se nos olvida que también somos una comunidad nacional, por lo que somos responsables de la suerte que toda nuestra sociedad corra.
Por eso propongo que el examen de conciencia y el consiguiente propósito de enmienda del mes de enero dirija su mirada crítica también a nuestro comportamiento colectivo. Lo cual tiene que ver con nuestra cultura, es decir, con la manera cómo celebramos la Navidad. Nuestros antepasados le dieron un contenido específicamente nuestro al 25 de diciembre. En mi infancia a esa fecha se le llamaba el “Día del Niño” aludiendo a Jesús de Nazaret como el “Niño-Dios”. Lo importante en esta concepción cultural era que la Navidad era considerada como la gran fiesta de los niños. Era la fiesta de la familia. A la Sagrada Familia (José, María y Jesús) se le veneraba en la intimidad del hogar haciendo portales cuyo epicentro era el “pasito”, conjunto de imágenes de esta familia de tres miembros. Se trataba de la fiesta de la familia costarricense, se honraba la vida en familia, el amor de los padres entre sí y de padres e hijos.
Era una manera de reconocer, como lo hace la tradición religiosa y lo dice la Constitución Política, a la familia como el centro de todo en la vida. Si la familia está bien, si en la intimidad del hogar reinan el amor y la alegría, todo está bien, por lo que los otros males tienen solución.
Era una fiesta en que se volvía a las fuentes y raíces de nuestros valores basada en la convicción de que cada hogar debía ser una escuela donde las nuevas generaciones aprendían el más importante arte de la vida, eso que Erich Fromm llama “el arte de amar”. Al ver cómo celebran hoy los ticos la Navidad, constatamos con tristeza y preocupación que muchos de esos valores se han perdido en no pocos sectores de la sociedad y que allí radica una de las causas de la decadencia moral que se hace sentir en todas las esferas de la vida, tanto en el ámbito privado como público.
Por eso propongo, para no quedarme solo en el lamento, que todas nuestras instituciones (Estado, iglesias, sociedad civil, municipios, escuelas y colegios) hagan una campaña conjuntamente para que la Navidad vuelva a sus orígenes culturales y sea de nuevo la gran fiesta de la familia. La Navidad solo tiene un sentido auténtico: que sea un reencuentro con los valores que nos dieron origen como sociedad. Tal es el propósito que propongo a mis compatriotas formular en este nuevo año que, sinceramente, deseo sea menos violento y más feliz de lo que han sido los años anteriores. La herencia cultural de nuestros antepasados así nos lo reclama.