Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 23 Junio, 2014

Todos queremos cambiar. Pero parece que nadie quiere permitir el cambio


¿Cambiaremos ahora como lo hicimos en el pasado?

Las recientes elecciones señalaron contundentemente el deseo de cambio que impera. Pero desde el inicio del nuevo gobierno los diversos sectores manifiestan con igual claridad su oposición al cambio.
Todos queremos cambiar. Pero parece que nadie quiere permitir el cambio.
La verdad es que eso no debería extrañar. Las sociedades viven un permanente conflicto entre dos fuerzas contrarias pero igualmente necesarias: el deseo de conservar lo que se tiene para proteger su identidad y el afán de cambiar para progresar. Además el cambio siempre es una aventura en un terreno al menos parcialmente desconocido, y sus resultados puede ser que nos perjudiquen.
En el pasado hemos sido capaces de cambiar para bien. Lo hicimos con capacidad previsora en el siglo XIX abriéndonos a la economía internacional con la exportación del café, estableciendo la democracia y el estado de derecho, y las instituciones solidarias de la educación y los hospitales.
Lo hicimos el siglo pasado con las reformas sociales, la eliminación del ejército y la provisión de electricidad, agua, vivienda y otros servicios a las familias.
¿Lo podremos hacer ahora disminuyendo la pobreza y la desigualdad y logrando que la clase media alcance niveles de consumo propios del siglo XXI?
Algunos de los cambios más recientes los hemos hecho “en frío”, previsoramente para evitar mayores problemas futuros. Así se procedió en temas difíciles como la reforma de la seguridad social con la Ley de Protección del Trabajador y siendo pioneros en transformar el derecho de familia con la Ley de Paternidad Responsable. Pero en otros casos la crisis ya desatada nos ha impuesto el cambio como ocurrió a inicios de los ochenta, o una crisis cercana nos ha obligado a aceptar el cambio como ocurrió con la apertura de los monopolios de telecomunicaciones y seguros al aprobarse el tratado de libre comercio con Estados Unidos ante la inminente pérdida de ese mercado de no hacerlo.
¿Podremos ahora hacer ya los cambios que nos permitan aumentar la eficiencia en la producción, tener finanzas públicas sanas y estabilidad financiera y un crecimiento compartido o deberemos esperar a que estalle con toda su secuela de dolor humano una nueva crisis para poder hacerlo?
En los ochentas simplemente no se pudo continuar por el camino que traíamos y llegaron la crisis y el cambio.
¿Tendremos de nuevo que esperar a que sea imposible seguir financiando con crédito el gasto corriente del gobierno para acabar con una política de contratación de personal y salarios públicos desbordados?
¿Tendremos que esperar la crisis para eliminar la sobre regulación y la tramitología que asfixian la inversión y el crecimiento? ¿Será necesario sufrir desempleo e inflación para cambiar el uso de recursos públicos y las formas de contratación y proveer la infraestructura cuya ausencia eleva nuestros costos de producción?
¿Podremos previsoramente generar los recursos y los cambios institucionales necesarios para que nuestra educación pública capacite a toda la población para los trabajos del siglo XXI y para disminuir la desigualdad y la pobreza?

Miguel Ángel Rodríguez