Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Sábado 29 Septiembre, 2012


Brutalidad policial

Madrid fue escenario esta semana de la brutalidad policial, una vieja artimaña a la que están echando mano gobiernos de todo tipo de ideología, para reprimir los movimientos de protesta que buscan tomar plazas públicas como medidas de inconformidad por los recortes y los planes de austeridad, consecuencia de la prolongada crisis financiera global.
Los esfuerzos de Mariano Rajoy, presidente español de centro-derecha, por minimizar los actos de barbarie policial han sido vanos. La amplia cobertura de vídeos in situ demuestra la violencia, con la que se puso fin a punta de patadas, porrazos, detonaciones y gases, al movimiento 25S, que buscaba apropiarse de la plaza Neptuno.
En estas persecuciones, la policía antimotines entró hasta los andenes de la estación de Atocha, disparando balas de goma y agrediendo transeúntes que no tenían nada que ver con las protestas.
Un día después de las incivilizadas batallas en pleno corazón de Madrid, el gobierno de Rajoy responde irónicamente “felicitando a la policía”.
La represión y el mensaje de mano dura es la nueva tónica para dialogar “democráticamente” con los indignados.
Este episodio parece un recordatorio de lo sucedido en noviembre pasado, cuando la administración de Barack Obama de centro-izquierda dio la espalda, mientras la policía neoyorquina sacaba con agresión a los ocupantes del parque Zucotti del grupo Occupy Wall Street.
Llama la atención que las prolongadas acciones de desobediencia civil de los indignados son atacadas con una medicina pragmática, y esta es permitir que las protestas lleguen hasta cierto punto, un límite cada vez más arbitrario e impreciso dentro del pacto social.
Ignorar estos enfrentamientos implica también no poner las barbas en remojo sobre un preocupante agotamiento de los mecanismos de diálogo en las democracias avanzadas, que pronto puede permearnos.
Ninguna estrategia de brutalidad policial ha sido sostenible en el tiempo, ni siquiera en los regímenes más autoritarios de la historia. Lo único que demuestran son serios desgastes ante cambios profundos de paradigmas sociales, para los cuales los gobiernos no están preparados.
El oficialismo mediático y los gobiernos negarán a más no poder el calificativo de “brutalidad” para sus respuestas anti-protestas, sin embargo la ciudadanía 2.0 se impone con fuerza como testigo y nuevo cronista, de un cambio político que cada vez más personas en el mundo parecen solicitar.