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Jueves 24 Enero, 2008

Benazir Bhutto


Aquella calurosa tarde de junio de 2001, el principal tema de discusión de los delegados que asistíamos a la reunión del Consejo Mundial de la Internacional Socialista en Lisboa era, sin duda, el histórico abrazo que habían protagonizado horas antes el líder palestino Yasser Arafat y el entonces ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Shimon Peres, pero lo que cautivaba mi atención era la presencia de Benazir Bhutto.
Evadiendo la mirada celosa e inquisitiva de su vocero de prensa, Bashir Riaz-ashir, me acerqué a saludar a la mujer a quien desde hace tanto tiempo admiraba, tanto por el coraje y tenacidad que había demostrado al convertirse en la primera mujer en gobernar un país musulmán en la época moderna, como por su regia belleza.
Lo primero que vino a mi mente al enterarme de su asesinato fueron esos recuerdos, junto a la imagen de Benazir Bhutto llorando y alzando sus brazos al cielo dando gracias a Alá, al retornar a Pakistán el pasado 18 de octubre.
Ese día fue recibida en las calles de Karachi por 200 mil de sus seguidores, una escena apoteósica sin duda, pero muy diferente a los 3 millones que la recibieron en abril de 1986 cuando, después de siete años de exilio regresó a Pakistán para enfrentar al autoritario presidente Muhammad Zia ul-Haq, quien había mandado al cadalso a su padre, Zulfikar Ali Bhutto en 1979.
Benazir Bhutto fue una mujer extraordinaria, valiente, inteligente y carismática, cuya carrera política no estuvo exenta de controversias. Como heredera del legado familiar de los Bhutto, Benazir se convirtió en Primera Ministra de Pakistán al mando del Partido del Pueblo, una organización con un programa socialista que representaba la esperanza de millones de desposeídos. Pero, una vez en el poder, hizo muy poco por ellos y terminó siendo destituida en dos ocasiones, acusada de actos de corrupción que siempre tuvieron como protagonista a su polémico esposo, Azif Zardari.
Las denuncias de corrupción que pesaban sobre Bhutto en Pakistán fueron retiradas en octubre por el presidente Pervez Musharraf, como parte de un pacto político —promovido por Washington— por el cual, el expediente de la ex primera ministra sería “limpiado”, de manera que pudiera participar libremente en la campaña electoral y al autoritario Musharraf se le permitiría permanecer como Presidente. A pesar de esto, al momento de ser asesinada, otros tres procesos de corrupción y lavado de dinero continuaban abiertos en Suiza, Inglaterra y España, en su contra.
Ultimamente, la prensa occidental la llamaba “adalid de la democracia paquistaní” y veía en ella una esperanza para estabilizar Pakistán, un país acorralado entre el extremismo fundamentalista y el autoritarismo militar.
Después del atentado del que fue víctima en octubre, era evidente que sus enemigos políticos harían hasta lo imposible para evitar que llegara de nuevo al poder pero, ¿quién la mandó matar?
En un país en el que el asesinato de los rivales es una práctica política habitual, esclarecer la autoría intelectual del atentado va a tomar tiempo. Resulta demasiado fácil culpar a los extremistas islámicos —a los que Bhutto había confrontado— pero en Pakistán se ha hecho imposible establecer dónde terminan las redes extremistas y dónde empiezan las de los Servicios de Inteligencia del ejército, que durante años los han apoyado. Ella misma había entregado una carta a Musharraf en la que le advertía que, de pasarle algo, se investigara a ciertos funcionarios del Gobierno.
El asesinato de Benazir Bhutto nos recuerda la gravedad de la crisis política que vive Pakistán, país al que la revista británica The Economist llama en su última edición “el lugar más peligroso del mundo”. Pero también nos recuerda que, quienes creen en la tolerancia y la libertad, nunca pueden permitir que el fanatismo y la violencia prevalezcan sobre la democracia.


Sergio I. Moya Mena
Profesor Escuela de Ciencias Políticas, UCR
Céd: 1824261
Tel. 388-7345