Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 27 Agosto, 2009


De cal y de arena
Banca al aire libre

Lo cito porque me resulta inverosímil: pagué los débitos de la tarjeta de crédito que mantengo en BAC-San José mediante cheque girado contra mi cuenta en el Banco Nacional de Costa Rica. El cheque fue rechazado por este ya que al llegarle, mostraba manifiestas alteraciones en su texto. Simple y sencillamente, alguien mojó el cheque y lo escrito con tinta quedó difuso. Me avisa el BAC de la imposibilidad de tener por cancelada la deuda por devolución del mojado cheque y que debo girar otro. Así lo hice no sin preguntarme cómo diablos alguien mojó el cheque. ¿Es que la banca opera ahora al aire libre? ¿O es que manipula los cheques en el lavabo o en el fregadero? Como quiera que se haya originado este disparate, está claro que no fui yo quien deterioré el cheque. Aún así, BAC-San José me carga intereses por mora y me somete a los arbitrios de un proceso que no viene al caso desmenuzar aquí, pero que me demostraron a las claras lo que hace la codicia cuando se impone la ley del embudo. Suficiente como para poner los pies en polvorosa. Una vez en mis manos el cheque, se confirma lo que desde este último banco se me dijo: el cheque se mojó por lo que se hicieron difusas las cifras. Cierto es que una golondrina no hace verano y que por muy truculento que sea el disparate aquí relatado, vale hacer mención de él porque pudiera resultar evidencia inesperada de que en los arcanos de la banca existe una lavandería a la que empleados habituados a no rendir cuentas llevan billetes.

Aquí nadie renuncia, nadie rinde cuentas, nadie es sancionado. Así fue en el caso del contrato para limpiar de malezas a las orillas de una carretera, donde hubo un error de cálculo que significó una erogación millonaria en injustificado exceso y no se conoce que nadie haya rendido cuentas y menos asumido su reintegro. Del mismo modo que en el caso de la platina del puente sobre el río Virilla, cuyo costo financiero no es de medir por las torpezas y los materiales perdidos sino por la cuantiosa cifra de horas botadas y el desgaste de piezas y la quema de combustibles de millares de vehículos. O cuando hubo una primera vez que al gestor de la ampliación del aeropuerto Juan Santamaría se le concedió un reajuste. O en el caso del reajuste al contrato para la reconstrucción y administración de los muelles de Caldera. O en el expediente (fallido, según parece) de la ampliación de la ruta a San Ramón. O con la desviación de la normativa aplicable al peaje en la carretera de La Sabana a Caldera, según la cual su monto se debe establecer en función del uso efectivo de la vía. ¿A cuánto montan estas liberalidades, quién rinde cuentas, a quién le han cortado el rabo? Quizá por aquí haya una de las muchas explicaciones concurrentes al descreimiento ciudadano, a la pérdida de fe en las instituciones de gobierno, a la creencia de que estas campañas electorales no son más que un quítate tú para ponerme yo pues todos tenemos derecho a participar en la distribución del “queque”. Lo peor es que casi todos los habitantes de este país conocemos esta realidad... y nada pasa ni nadie se ocupa de que pase.