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Sábado, 6 de marzo de 2021



COLUMNISTAS


¡Ay, Nicaragua, Nicaragüita, cómo me dueles!

Alberto Salom Echeverría [email protected] | Martes 16 febrero, 2021


“Fue una revolución muy bella, lo que pasa es que fue traicionada, lo que hay ahora es una dictadura familiar de Daniel Ortega. Eso no fue lo que apoyamos nosotros. [Sin embargo…] no me arrepiento de haber apoyado… ese proceso.” (Sacerdote y poeta nicaragüense, recién fallecido, Ernesto Cardenal en entrevista para la agencia de prensa AFP, cuando cumplió 90 años. Enero, 2015).

El 19 de Julio de 1979, se produjo en la hermana Nicaragua un hecho insólito, triunfó una revolución popular tras haber derrocado una de las dictaduras más longevas en aquel entonces en el continente, y más desprestigiadas entre los países de América Latina: “la dinastía de los Somoza”, como se le conocía.

La sociedad costarricense tiene más de cien años de haber dejado atrás el último gobierno despótico en nuestro propio suelo, la dictadura de “los Tinoco” (1917-1919). Cuando en la década de los cuarenta del pasado siglo se produjeron algunos hechos por parte del gobierno que sembraron dudas sobre la pureza del sufragio, ese, entre otros factores, se convirtió en uno de los detonantes más importantes que dio origen a la guerra civil del año 1948. Desde el punto de vista de la ciencia política, un sistema democrático no se caracteriza únicamente por unas elecciones pacíficas, competidas y transparentes. Pero, es una condición indispensable para que haya democracia, ese sistema está enraizado en la cultura política costarricense. De ahí que una inmensa mayoría de la ciudadanía repudia cualquier gobierno que tenga la más mínima señal de haberse originado en unas elecciones ilegítimas, poco transparentes o fraudulentas.

Básicamente por eso, la mayoría de la población costarricense repudiaba la dictadura somocista. No obstante, a esa misma mayoría le cuesta entender y digerir una revolución como la que se produjo en Nicaragua en Julio de 1979. Lo más cercano que hemos tenido a un hecho revolucionario acaecido en nuestro propio suelo, fue precisamente la guerra civil de 1948. Pero una guerra civil no necesariamente es una revolución. La revolución implica un cambio radical de las instituciones y estructuras políticas, sociales y económicas de una sociedad determinada. Generalmente comporta un cambio de las fuerzas sociales que determinan el curso de la sociedad. Factualmente, el pueblo de Costa Rica ha vivido y experimentado sobre todo cambios importantes, pero de naturaleza reformista; son cambios que aun cuando obligaron a un cierto reacomodo de las fuerzas en el poder, como el que se originó tras la guerra de 1948, nunca implicaron una radical sustitución de las fuerzas políticas que comandaban la estructura del estado. A lo sumo, lo que se produjo fue una alternancia por vía democrática de quienes asumían el mando en el poder ejecutivo cada cuatro años. Al menos así ocurrió desde 1953 hasta 1974. La Constitución de la República, con algunas modificaciones moderadas, introducidas en la Constituyente de 1949, siguió teniendo la misma base jurídica y política de aquella Carta Magna que se aprobó en la Constituyente de 1871, a la sazón convocada por el General Tomás Guardia Gutiérrez.

En Nicaragua en cambio, sí hubo una revolución en 1979. Los cambios más importantes que permiten catalogarla como tal, fueron los siguientes: 1 derrocamiento de una tiranía corrupta y represiva; 2 sustitución radical de la estructura institucional del estado que implicó echar abajo el mecanismo viciado y fraudulento de elegir a los miembros de los supremos poderes, merced a elecciones amañadas y controladas por la dictadura. Se creó un nuevo sistema para elegir al presidente de la República, a los diputados, así como los magistrados y jueces, a partir de las primeras elecciones después de 1979, que se llevaron a cabo en 1984; 3 desmantelamiento de la guardia nacional, un instrumento militar represivo creado al servicio de la familia Somoza; 4 creación a partir de 1989, de las regiones autónomas, una suerte de autogobierno para las minorías étnicas de Miskitos, Sumos y Ramas, tanto en el llamado Atlántico norte, como en el sur; 5 realización (parcial) de una reforma agraria para democratizar la tenencia de la tierra; 6 impulso a una cruzada nacional de alfabetización, que redujo el analfabetismo del 50% al 13% de la población; 7 masificación del servicio de salud, mediante lo cual se erradicaron enfermedades tradicionales en Nicaragua, virales y de naturaleza infectocontagiosas, como la poliomielitis.

Sin embargo, la revolución conocida popularmente como “revolución popular sandinista”, comportó muchos problemas desde sus inicios. El primero y probablemente más costoso, la brutal guerra militar, política y económica, patrocinada por el gobierno de Ronald Reagan, incluyendo en ese patrocinio, los dineros mal habidos por $40.5 millones que provenían de la venta ilegal de armas por parte de EEUU a Irán (Pasqualina, Curcio.29.05.2018). Simultáneamente, un país pequeño y pobre, por razones geopolíticas fue sometido a un intenso bloqueo comercial, financiero y en forma paralela a ataques especulativos contra su moneda. Como si todo lo anterior fuera poco, parcialmente debido a causas internas atinentes a la política económica del gobierno sandinista, pero principalmente a causa del sabotaje y de la presión externa, se desató una hiperinflación que, en el año de 1988 tuvo su pico más alto de un 33.547%. Recordemos que una inflación de solo dos dígitos (10% en adelante) se considera muy alta, de manera que esa cifra de 33.547% resulta sin precedentes y es insostenible para cualquier gobierno; máxime para uno de un país subdesarrollado, asediado por una guerra financiada desde el exterior y abrumado por la pobreza.

Empero, una revolución también puede ser traicionada, ocurre con mucha frecuencia. Daniel Ortega fue derrotado primero en las elecciones llevadas a cabo en 1990 por Violeta Barrios de Chamorro. No regresa al poder sino hasta las elecciones de noviembre del 2006. A partir de allí, la política impulsada por Ortega fue otra; se produjo una alianza con los sectores adinerados de Nicaragua, quienes siempre lo despreciaron; pero esta vez, pactaron su apoyo a cambio de conseguir estabilidad política y económica. Esta vez, también se promovieron negocios con los mandos del ejército. Esta vez, se acabó para siempre el mito del joven rebelde que una vez fuera encarcelado por la dictadura de Somoza, y luego liberado por sus compañeros de lucha, para regresar del exilio victorioso a forjar la “Nueva Nicaragua”. Ya no más, el joven Ortega revolucionario, dio paso, como dijera Carlos Salinas: “…a un hombre envejecido, encorvado, con el rostro mustio, que pasa la mayor parte de sus días encerrado en el búnker… desde donde encaja el golpe que significó la rebelión de abril en 2018, cuando miles de nicaragüenses -la mayoría jóvenes idealistas como alguna vez lo fue él- retaron su poder tomando el control de las calles.” (Salinas, Carlos. El País, 18.07.2019). Ay Nicaragua, Nicaragüita, cómo me dueles, más de 328 se calcula que fueron las personas asesinadas tras aquella rebelión, 2.000 heridos y otros más desaparecidos, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Esta vez, Ortega actuó exactamente igual que otrora ocurría, solo que bajo el régimen somocista. ¡Cómo me dueles Nicaragua, Nicaragüita!!!

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