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Lunes, 12 de noviembre de 2018



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Aventura en plato de lata

Redacción La República [email protected] | Viernes 08 febrero, 2008



Aventura en plato de lata

Una caminata en la montaña o una comida al estilo típico costarricense, son posibles con el turismo rural


Luis Valverde
[email protected]

El sonoro eco de los congos llena por completo el ambiente. Con su particular chillido, desafían enfurecidos al viento que los tambalea en las copas de los árboles.
Algunos rayos de sol se cuelan entre las ramas para iluminar el suelo, polvoriento y resquebrajado por la falta de lluvia.
Una ligera polvareda se levanta con el viento y los pasos de un hombre que —apresurado— sale a recibirnos.
Delgado como las lianas que bajan desde los altos higuerones, pero recio como el guayacán que asombra a los caminantes de la montaña, Arnulfo Quirós se presenta ante el grupo de asombrados visitantes de la ciudad que bajamos lentamente de la buseta.
Su casa es la última al final de un maltrecho camino de lastre que comunica a esta pequeña comunidad conocida como San Ramón de Río Blanco, en Lepanto. También es el punto de bienvenida para decenas de visitantes que cada semana eligen el turismo rural como alternativa de descanso y el lugar de partida para una aventura en las montañas de la Península de Nicoya.
Este tipo de actividad ha surgido en el país como alternativa para aquellos que quieren disfrutar de una opción diferente a la que ofrecen las grandes cadenas hoteleras, con un énfasis en el rescate de las costumbres, del conocimiento de la cultura del costarricense de campo y que —de paso— pretende dar un incentivo económico a diferentes comunidades, liderados por la Asociación Costarricense de Turismo Rural comunitario (ACTUAR).
La vereda nos lleva pronto a la margen de un río de limpias y refrescantes aguas que al golpe con las piedras conforman una sinfonía arrulladora. Tras 40 minutos de caminata, la cascada Velo de Novia alumbra las pupilas de algunos extranjeros que, apresurados, sacan sus cámaras fotográficas como si la imponente imagen fuese a escapar para siempre.
Tras un chapuzón es necesario continuar el camino… 1.300 gradas montaña arriba se deben recorrer antes de llegar al albergue de la reserva forestal Karen Mogensen, un centro de descanso construido en medio del bosque, en donde la luz más fuerte la dan la luna y las estrellas al caer la noche, y en donde —nuevamente— aparece don Arnulfo como el anfitrión.
El descanso es necesario, pues al día siguiente nos espera una travesía de 24 kilómetros montaña adentro, rumbo a Paquera. Pero antes, una típica cena campesina se convierte en lo adecuado para recargar baterías.
Las mesas de madera se adornan con viejos platos y tazas de lata, de esas que nunca se arrugan ni se quiebran, pero que reflejan el rastro de su uso en uno que otro raspón que corta la pintura.
El olor de la carne cocinada al fogón despierta el apetito de todos. Hasta el albergue caminan casi a diario la esposa de Arnulfo y sus hijas. La mayor ayuda a su padre como guía dentro de bosque, la segunda —en edad adolescente— colabora en los quehaceres de la cocina, mientras que la más pequeña se dedica a compartir con los turistas como un juego más nacido de su tierna niñez.
Una campana aguda irrumpe en la madrugada. El sol aún no se asoma y ya es hora de desayunar. A las seis hay que emprender el nuevo viaje por la montaña de Cerro Escondido.
Arnulfo dirige el grupo. Confiesa nunca haber estudiado, pero no hace falta. Habla con la misma firmeza de un botánico sobre las propiedades del indio desnudo, del ronrón y del guanacaste, lo mismo que de los comportamientos de un juguetón carpintero o de las facilidades médicas de una planta que varios pares de zapatos descuidados acaban de majar en el suelo.
El viaje termina sin que los piquetes de hormiga y algunos dolores de pie mengüen los rostros de satisfacción de los presentes. Arnulfo se despide, pues es hora de que los turistas se dirijan a descubrir otro tipo de paraíso, en donde la espuma de mar acaricia suavemente la arena de playa Curú... pero esto, esto es ya otra historia.