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Martes, 11 de diciembre de 2018



COLUMNISTAS


Atte. Anónimo

Andrei Cambronero [email protected] | Jueves 30 noviembre, 2017


Atte. Anónimo

Los separan casi 400 años pero, aun así, tienen algo en común; tanto en “Fuenteovejuna” como en Sarahah el anonimato es protagonista. En la célebre obra de Lope de Vega se exalta el poder colectivo para defenestrar la tiranía; la inclaudicable complicidad del pueblo logra lo que, en solitario y con el foco encima, sería impensable. Por otro lado, en la citada plataforma, la despersonalización del remitente da un espacio —muy a lo speakers´corner— para decir y preguntar ocurrencias sin ningún tipo de censura.

Tirar la piedra y esconder la mano es cómodo. Cuando se da la cara y se es asertivo entran en juego una gran cantidad de variables que, en no pocos casos, terminan por cocer la receta perfecta para herir una susceptibilidad, generar un rechazo o para provocar miradas torvas que se ciñen sobre uno. Dar una opinión o lanzar una acusación —sin tener que responsabilizarme por ella— tiene el efecto terapéutico de que lo “expulsé” y, simultáneamente, trae consigo la paz de quien se sabe impune, autor de un crimen perfecto.

Al disolverse la autoría en una programación binaria que no exige un rostro, un nombre, unas huellas digitales, un ADN rastreable, se exacerban las ganas por saber si alguien tiene pareja o si le sería infiel a esta, cuál es el credo que se predica, si se estaría dispuesto a salir con una persona que cumple tal o cual característica, entre muchas otras interrogantes. Así, con las respuestas dadas en público a formulaciones clandestinas, se satisfacen la incertidumbre y el morbo que se tienen por el otro.

Sin embargo, no todo va de hacer consultas y sincerarse, también hay comentarios, declaraciones y críticas; en todas esas manifestaciones, se sigue repitiendo el patrón: son enunciados que jamás se mentarán vis a vis.

Con la información recopilada, aparecerá —ahora sí— la cara (o selfie) dando follow (o unfollow si la contestación no era la esperada) o intentando una conversación como quien no quiere la cosa, haciéndose el espontáneo y mostrando gustos similares para tender puentes amistosos.

La otra acera, igualmente, tiene su puntito. El recibir la invitación a pronunciarse acerca de un tema “incorrecto” o ser el sujeto de una oración, cuyo verbo y complementos son halagüeños, da pie para sentirse importante. Quien publica el globo de diálogo celeste verdoso y lo glosa tiene su momento de atención; cual si se tratara de Zaratustra, se siente trayendo una buena nueva: “alguien piensa que soy una persona interesante” o “sí, soy un metalero empedernido”.

No faltarán manos levantadas para decir “¡No! Yo lo hago por el chingue, no se extralimite en sus elucubraciones sobre el comportamiento social”; frente a ese protesto, una sugerencia: consultar por el efecto Vicente (como diría el iusfilósofo Haba: ¿dónde vas Vicente?, adonde va la gente). Sin perjuicio de ello, es honesto reconocer que, evidentemente, habrá quienes lo hagan por el afán de experimentar, solo por ver qué tal es eso; empero, tales personajes serán los menos.

Volviendo al punto, lo reseñado hasta el momento es un ganar-ganar. El velo de invisibilidad sirve para romper con los frenos inhibitorios e inquirir sobre lo que sea y, en paralelo, tal reto dota de la excusa perfecta para entrar triunfante o lastimero en escena (no importa cuál, el punto es estar presente).

Esa ciberdinámica revela rasgos tradicionales de la humanidad: cuando algo nos hace sentir amenazados tratamos de vadearlo, mientras que aquello que nos enorgullece lo cacareamos por doquier. La incerteza sobre la aceptación o el riesgo de ser señalado por una palabra mal puesta nos lleva a utilizar Sarahah, mas el placer de estar en un atardecer frente al mar o la sensación de estar cumpliendo a cabalidad la rutina del gym nos empuja a Instagram; ni que decir del sentirse realmente dichoso en una actividad, eso solo puede significar una historia que verán mis seguidores…

Cuesta aceptar que tantos siglos hayan pasado, es difícil pensar en cómo —a pasos agigantados— la tecnología y las formas de comunicarnos han trocado dándonos si acaso cuenta de ello; no obstante, es cautivador el tener consciencia de que, a pesar de esas novedades, seguimos siendo humanos, demasiado humanos; seguimos teniendo, más o menos, las mismas filias y las mismas fobias.