Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 4 Julio, 2013

Reaparece el reino de los partidos-maquinarias-electorales corroídas por un desorbitado afán de poder y codicia al servicio de gastados caciques


De cal y de arena
 

Artimañas de los políticos

Don Juan María Segreda, pintoresco e interesante médico y general, quiso incursionar en la política nacional y llegar al Congreso Constitucional. Se asignó la cabeza de una papeleta independiente para diputados por San José y para los siguientes candidaturas postuló a Rafael Otón Castro, Ricardo Jiménez Oreamuno, Cleto González Víquez, Julio Acosta García, Alberto Echandi Montero y Octavio Beeche Argüello.
Su intento fue un rotundo fracaso: solo 100 votos obtuvo en toda la provincia. Así lo pregonaba el Diario de Costa Rica en sus famosas pizarras. Allí estaba Segreda cuando se le acercó el Cholo Obregón, preguntándole: “¿Y diay mi General, qué pasó con su papeleta?”. Amargado y entristecido, le contestó: “Pues no ves, Cholo, eso me pasa por poner en la lista a gentes choteadas”.
Así lo graba para la historia Carlos “el Pollo” Fernández en su Anecdotario Nacional. Un episodio de hace cien años, cuando la democracia costarricense echaba a andar y se abría paso con sus defectos y virtudes como modelo de gestión política.
Muchas cosas se han superado; también hay innovaciones; no pocos vicios, quizás agravados. Por ejemplo, la noción de que un partido político es un derecho de llave personal, una entidad construida para derivar ventajas para unos cuantos, un artificio idóneo para impulsar ilusiones con las cuales cazar votos ingenuos.
La jugarreta montada por el Dr. Segreda fue repudiada por los electores a pesar de las excepcionales cualidades de los nombres con que inconsultamente se hizo acompañar.
Hoy, más de cien años después de aquel episodio y aun cuando la cultura y la educación cívica del ciudadano medio se perciben en niveles superiores, reaparece el reino de los partidos-maquinarias-electorales corroídas por un desorbitado afán de poder y codicia al servicio de gastados caciques.
Aquellos que por poco se extinguen por no haber purgado la corrupción, devastados —además— por el envilecimiento ideológico, se reoxigenan. Pero reaparecen no para rescatar la ética y la línea ideológica con que en un pasado convocaron al electorado sino para caer en manos de neófitos que planearon el asalto a los puestos elegibles, para sí y para los suyos.
Están los partidos absortos en la elección de candidatos carentes de definiciones ideológicas y desvelos éticos, sin trayectoria de servicio al país y sin relumbros intelectuales. ¿Quiénes son, qué méritos tienen, cómo es que de pronto las listas se llenan con candidatos inodoros, incoloros e insaboros? ¿Con qué autoridad vuelven políticos choteados y reconocidos chupópteros?
Se postulan cónyuges de los dirigentes, descendientes de los diputados y parientes de los caciques… es el nepotismo desafiante de la elegancia y la ética, alcahueteado por las oligarquías financieras y económicas que deciden la suerte de la política nacional en función de sus intereses.
Hay algo claro: nombres ilustres como los que acompañaron al Dr. Segreda hoy no quieren engrosar las listas de los desprestigiados partidos.

Álvaro Madrigal