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Armarse de paciencia

• Los hermanos Coen confeccionan una parodia de espionaje, que no está a la altura de su fama

“Quémese después de leerse”
(Burn After Reading)
Dirección: Joel y Ethan Coen. Reparto: George Clooney, Brad Pitt, Frances McDormand, John Malkovich. Duración: 1.36. Origen: Inglaterra-Francia-EE.UU. 2008. Calificación: 7.

Dos de las personalidades más brillantes del cine norteamericano actual, Joel y Ethan Coen obtuvieron el mayor reconocimiento de su ilustre carrera gracias a “Sin lugar para los débiles” (2007), ganadora de cinco premios Oscar.
Después de semejante logro, los hermanos Coen se toman un descanso con “Quémese después de leerse”, relajada parodia del género de espionaje, la cual proporciona un pasatiempo más que aceptable, aunque definitivamente no está a la altura de su fama.
El aspecto más llamativo del filme, es quizá la presencia de intérpretes de renombre como George Clooney, John Malkovich y Brad Pitt. Todos ellos aparentemente disfrutaron del rodaje, así como el público debería disfrutar de la proyección. El problema es que el guion carece de chistes sabrosos y además está organizado de manera insólita y bastante discutible.
Después de una larga presentación de caracteres, se va armando una intriga a la que le cuesta avanzar, en medio de circunstancias estrambóticas que resultan graciosas hasta cierto punto. El espectador debe armarse de paciencia, pues cerca del final hay un giro sorpresivo que enciende el interés y le inyecta energía al argumento. Sin embargo, para llegar hasta ese punto es necesario aguantar porciones enteras de una trama farragosa y no siempre inspirada.
Todo comienza cuando un analista de la CIA (John Malkovich) renuncia a su puesto y comienza a escribir un libro autobiográfico. Partes de sus memorias, incluidas en un disco de computadora, terminan en manos de dos empleados de un gimnasio (Frances McDormand y Brad Pitt). Estos creen haber encontrado un archivo confidencial y tratan de chantajear al dueño, llegando a considerar la opción de vender el material a los servicios secretos rusos.
El azar domina los eventos, que proceden por acumulación de coincidencias, malentendidos y decisiones equivocadas. Aquí radica la intención satírica de los autores, quienes ridiculizan los mecanismos de los relatos sobre conspiraciones. La operación sufre grandes altibajos: la ingeniosidad de ciertos diálogos contrasta con la presencia de bromas simplemente incomprensibles, como la revelación de un extraño juguete sexual que un personaje —encarnado con ironía por George Clooney— construye en el sótano de su casa.
La chispa presente en cada una de las actuaciones constituye la mayor virtud de una cinta anticonvencional, filmada con notable pericia técnica pero también irregular, inevitablemente destinada a generar sensaciones encontradas.
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