Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 3 Noviembre, 2011


De cal y de arena
Aquella democracia revive; esta se sofoca

Argentina nunca había caído tan hondo como allá por 2003. Su economía, sus instituciones políticas y sociales, sus valores, su prestigio estaban sumidos en una sima abismal. Era un país ingobernable, acogotado por los problemas de un altísimo desempleo, con el 54% de la población bajo el límite de pobreza (la mitad en indigencia), en cesación de pagos, con su sistema bancario quebrado y los sectores económicos privatizados en bancarrota, sin liderazgos y con los partidos políticos en el máximo descrédito. Frescos aún los crímenes de la dictadura más cruel de su historia, sufría el desencanto de la corrupción y la incompetencia del gobierno de Carlos Menem. Era un país sumido en el caos. El presidente Fernando de la Rúa huyó por la puerta trasera de la Casa Rosada y los otros mandatarios temporales que le sucedieron se fueron rapidito, incinerados en la pira de la ira popular.
Las elecciones de 2003 aparecieron como un recurso in extremis en medio de la pérdida de fe en los partidos y en la democracia. Y en ellas, un modesto gobernador de la lejana provincia de Santa Cruz desafió lo que quedaba de las estructuras de poder. A Néstor Kirchner le acompañaban un excepcional carisma, exquisito olfato político y liderazgo provinciano envidiable, labrado en una depurada fidelidad a los sentimientos y anhelos populares. A su lado quien llegaría a demostrar la sabiduría de los buenos consejeros: Cristina. No faltó mucho tiempo para revalidar a nivel nacional lo que ambos habían construido en Santa Cruz a base de escuchar al pueblo, interpretar sus anhelos y cultivar sus valores. Llamó a colaborar a los mejores en la descomunal tarea de levantar la economía y la producción, fomentar el trabajo, la salud, la educación y asentar todo en los principios de la justicia social. Repudió las pautas del Consenso de Washington y el Partido Justicialista volvió a los principios social demócratas. Hubo políticas de Estado estimulantes para empresarios y trabajadores y compromisos en la acción partidista que resucitaron la fe en esos políticos y en un partido. La vía estaba despejada para el contundente triunfo de Cristina Fernández, recién electa con el 54% de los votos, con el control del Parlamento y con 20 de 24 provincias.
En 2011 Costa Rica vive similitudes a las argentinas de 2003. Una presidenta que reina pero no gobierna; sin liderazgos políticos y con los partidos atomizados, hundidos en el descrédito, repudiados; con un déficit presupuestario sin precedentes; con la sociedad atrapada por una grave polarización; desempleo irreductible, inequidad social creciente, concentración de la riqueza y el gobierno infiltrado por el poder económico. Con un convidado de piedra el narcotráfico que lucra con una corrupción que se propaga como fuego.
Si José Figueres dijo que este era un país de domesticados, hoy quizá diría que es de enajenados, distantes sus habitantes de los graves problemas que le acechan, embobados por las noticias rojas, las liviandades y farandulerías. Su democracia demeritada y los partidos en quiebra. Incluso el menos pequeño Liberación Nacional no muestra arrestos para dejar de ser mera maquinaria electoral, expulsar a quienes lo han deshonrado y recuperar su identidad social demócrata. ¿Qué sigue?

Alvaro Madrigal