Miguel Angel Rodríguez

Miguel Angel Rodríguez

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Lunes 19 Septiembre, 2016

Al adversario lo descalificamos, lo ponemos en ridículo. Y ahora con la contribución del anonimato en las redes sociales y con la judicialización de la política, si el choteo no alcanza lo enviamos a los tribunales.

Ambiente, serrucho y choteo

Con su maravilloso estilo literario y su afilada fisga, Yolanda Oreamuno nos legó en EL AMBIENTE TICO Y LOS MITOS TROPICALES (Repertorio Americano 1938) una descripción de nuestras actitudes. Y esas actitudes siguen teniendo fervorosos adeptos en nuestro siglo XXI.

Primero nos comenta el recurso a remitir todo problema al ambiente, y de esa manera escabullirle el bulto a tener que estudiarlo y buscarle solución.

Nos dice Yolanda Oreamuno: “El ambiente” es una cosa muy grande, muy poderosa y muy odiada que no deja hacer nada, que enturbia las mejores intenciones, que tuerce la vocación de la gente, que aborta las grandes ideas antes de su concepción y que nos mantiene mano sobre mano esperando siempre algo sensacional que venga a barrer esa sombra tenebrosa y fatídica… y agrega que el ambiente… es nuestra culpa, que “el ambiente” lo llevamos dentro de nosotros mismos y que somos nosotros los que lo hacemos, lo especulamos y lo mantenemos. No niega lo anterior, que haya una especie de influencia, en cualquier momento superable, que viene desde la mediocridad de la cuna, la mediocridad de nuestra economía y de nuestra política. Lo que yo niego es que el término sea justo y que los cargos estén bien enrostrados.

En términos de nuestro siglo esa concepción evoca la manida “ingobernabilidad” que nos sirve de excusa para no sonrojarnos ante la incapacidad de ponernos de acuerdo, de adaptar nuestras instituciones a las realidades del presente, de resolver el déficit fiscal o de arreglar “la platina”.

Claro que gobernar es difícil, y como recalcaba don Arístides Calvani: “Gobernar en democracia es más difícil” pero es posible, y otros países con mayores complicaciones lo pueden hacer, y nosotros lo venimos haciendo desde el Pacto de Concordia.

Pero claro no solo el innominado ambiente tiene la culpa. Nosotros hacemos las cosas más difíciles porque rehuimos la lucha, y la admirada escritora señaló hace 80 años: El espíritu antiagresivo se manifiesta en un miedo campesino a lo grande y en un gusto esporádico por lo pequeño; la deliberada ignorancia actúa con un simple procedimiento eliminativo, no de los malos para dejar al eficiente, sino de los peligrosos eficientes para dejar al apócrifo e inofensivo.

Claro que con esas características es mejor evitar la lucha. Con ese fin surgen como instrumentos favoritos del enfrentamiento social el serrucho y el choteo.

Yolanda Oreamuno nos legó su comentario sobre ambas armas.

Sobre la primera nos dice: Esta no necesidad de lucha trae como consecuencia, un deseo de no provocarla, de rehuirla. Preferimos no hacer frente: abstencionismo. Al que pretende levantar demasiado la cabeza sobre el nivel general, no se le corta. ¡No…! Le bajan suavemente el suelo que pisa, y despacio, sin violencia, se le coloca a la altura conveniente. Hoy hablamos de serruchar el piso.

La segunda arma es más refinada pero igualmente mortal. Además de la ignorancia deliberada y entrenada (diría yo), conocemos las sutiles vertebraciones del choteo. El choteo es un arma blanca, ¡blanca como una camelia!, que se puede portar sin licencia y se puede esgrimir sin responsabilidad. Tiene finísimos ribetes líricos, de agudo ingenio; sirve para demostrar habilidad, para aparecer perito, para ser oportuno, filosófico y erudito.

Con el choteo podemos vencer en el debate. Con el choteo se puede vencer sin necesidad de saber del tema ni de estudiarlo, sin necesidad de hacer propuestas ni de asumir responsabilidades. Simplemente al adversario lo descalificamos, lo ponemos en ridículo. Y ahora con la contribución del anonimato en las redes sociales y con la judicialización de la política, si el choteo no alcanza lo enviamos a los tribunales.

Todo cambia, se dice, pero nosotros no tanto.