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¿Será que la lejanía geográfica y cultural nos hace sentir que esta tragedia es ajena a nuestro entorno? ¿Será que valoramos la vida en función del poder económico y político de las naciones?


Alcemos la voz por Kenia

El ataque a la universidad de Garissa, el pasado Jueves Santo, se suma a una serie de atentados cometidos por grupos extremistas islámicos en todo el mundo, incluidos el ataque al semanario francés Charlie Hebdo en enero pasado, o el secuestro en Nigeria de más de 200 niñas inocentes por parte del grupo islamista Boko Haram.
En un nuevo acto de protesta contra el gobierno de Kenia por mantener tropas en Somalia para luchar contra el Estado Islámico, miembros de la agrupación terrorista Al Shabab, vinculada a Al Qaeda, entraron a la universidad, separaron a los estudiantes islámicos y asesinaron a sangre fría a todos aquellos que no pudieron recitar versos del Corán.
Sin embargo, la muerte de las 147 personas en Kenia, causó un menor impacto en los costarricenses que la muerte de las siete personas que dejó como resultado el atentado contra el periódico en París.
Además de manifestarse en redes sociales utilizando el hashtag #JeSuisCharlie, en Costa Rica incluso se organizó una vigilia frente al parque Francia en solidaridad con el pueblo francés, mientras que la reacción ante el ataque terrorista en el continente africano ha sido tímida, cuando más.
¿Será que la vida de los africanos vale menos por el color de su piel? ¿Será que la lejanía geográfica y cultural nos hace sentir que esta tragedia es ajena a nuestro entorno? ¿Será que valoramos la vida en función del poder económico y político de las naciones?
Todas estas son interrogantes que deberíamos plantearnos de manera individual y como país. Ninguna es justificación para callar ante las imágenes que muestran los cuerpos tendidos de los estudiantes kenianos.
La trayectoria en defensa de los derechos humanos, la paz y la democracia que ha caracterizado a los costarricenses nos obliga a solidarizarnos con el pueblo keniano y alzar la voz, exigiendo una enérgica reacción de la comunidad internacional.
El fanatismo religioso, étnico o nacionalista, hace brotar lo peor del ser humano y en su nombre se han escrito las páginas más tristes y vergonzosas de la humanidad.
La pasividad y el silencio no son más que un acto de complicidad y nos recuerda el famoso poema atribuido al pastor luterano Martin Niemoller: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío, Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

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