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Martes 6 Octubre, 2015

Albino dixit

Cuando Albino Vargas habla, sus sentencias repican con un dejo de sentencia inapelable. Uno se pregunta cómo este hombre de voz suave, pausada y aspecto desgarbado, posee la capacidad de generar en las personas tales sentimientos de impotencia.
Vargas, eterno líder sindical que afirma vivir en un cuarto construido con chapas de zinc, no es, a pesar de su superioridad intelectual frente a otros líderes sindicales, alguien de especiales luces y dotes, pero, en la práctica, es una de las figuras de mayor poder en el país.
Y Vargas lo sabe, conoce bien que su influencia va más allá de los 13 mil afiliados de la asociación que, sin oposición, regenta desde hace 23 años, y es consciente de su poder para, en concierto con otros líderes gremiales, paralizar un país.
El 17 de setiembre pasado se celebró en el edificio legislativo un foro sobre el cambio en el modelo de desarrollo ante la situación de las finanzas públicas, organizado por el despacho del diputado Henry Mora, que contó con la presencia del sindicalista y del diputado Otto Guevara.
La calidad del evento estuvo opacada por las constantes interrupciones y faltas de respeto de la turba con la que Albino se hizo acompañar, quienes se mostraban incómodos cada vez que el diputado Guevara hacía uso de la palabra, o alguien del público se expresaba en términos disidentes a las posiciones de Vargas y Henry Mora.
Es lamentable que a la autodenominada “izquierda progresista” del país le sea tan difícil discernir entre la arenga callejera y un foro de discusión serio.
En el rubro de la tolerancia, siguen teniendo un cero redondo. La fuerza de los argumentos no es sustituible por la intensidad de gritos y proclamas.
Por ello, personajes de mucho menor tacto que Vargas, como Fabio Chaves del ICE, han reaccionado frente al justificado y necesario trabajo de la prensa con amenazas propias de un bully de barrio.
Durante su intervención, Albino fue lapidario: Que no se hagan ilusiones los que creen que durante este gobierno se logrará alguna reforma en el tema del empleo público.
En varios emergió un rostro de indignación. Otros, los más jóvenes, estudiantes universitarios, se miraron confundidos, mientras que la comparsa de la que se hacía acompañar aplaudió atronadoramente, como si quisieran decir: “¡Para eso tenemos el poder de las calles!”.
Vargas, vecino de Alajuelita y oficinista del Ministerio de Justicia, había sentenciado. Parezca quizá una caricatura, pero es algo mucho más cercano a la realidad de lo que se cree.
Los sindicatos de este país nos tienen a todos, gobierno y sociedad civil, bien agarrados de nuestros genitales. La sensación de parálisis es frustrante, acrecentada por un gobierno timorato que rehúye enfrentar a estos grupos, a pesar de que la mayor parte de los ticos clamamos por cambios en ese sentido.
Según Vargas, tocar sus intereses —que él presenta sin asomo de sonrojo como los de “la” clase trabajadora costarricense— amenaza la “paz social” y la estabilidad del país. No obstante, lo cierto es lo contrario: No hacer nada al respecto polarizará más aún a una sociedad impotente, erosionando, de paso, la credibilidad de la clase política, así como la confianza en las instituciones de nuestro Estado de Derecho.

Iván Villalobos Alpízar
Profesor UCR